Las elecciones del 13F han dejado en Castilla y León un panorama que, salvando distancias, recuerda mucho a la vivida justo antes de la formación del Gobierno de España del PSOE y sus socios con apellido de “extremistas”, pero por el lado izquierdo. Podemos es a PSOE lo que Vox es al PP: en los dos casos, una molesta opción populista situada en los extremos con vitola de “demonios” para la democracia, según sus contrarios, pero a día de hoy necesarios para que los partidos tradicionales puedan completar mayorías a partir de los votos que reciben en elecciones.
Tanto es así que se pueden establecer paralelismos también entre los momentos previos a la formación del actual Gobierno de España y la situación que se va a desarrollar en Castilla y León tras las votaciones del domingo y la importante incursión de Vox en el parlamento regional.
Las primeras reacciones son las mismas que entonces. A bote pronto se habla de la posibilidad de imponer vetos —eso del “cordón sanitario” es una expresión que no me gusta nada— a la extrema derecha, de posibles gobiernos de concentración “a lo Merkel” que decía Igea en aquel debate, o de que el PSOE permita, con su abstención, que Fernández Mañueco forme Gobierno en minoría y gobierne a base de acuerdos para impedir que los de García Gallardo toquen el poder.
Me gustaría equivocarme pero creo que esta fase viene impuesta por exigencias del guion y que acabará sin acuerdos porque el PSOE no dejará pasar la oportunidad de dejar a Mañueco —y al PP de Pablo Casado y del “ideólogo” Teodoro García Egea— saborear la situación que han creado por convocar elecciones anticipadas y fracasar en su objetivo principal. Tampoco dejará pasar la ocasión de que Vox tenga que exponerse ejerciendo de gobernante en vez de llegar sin mácula a las siguientes citas electorales. Si tiene que haber un paladín defensor de todos y de la misma democracia frente a la “amenaza de la extrema derecha” habrá que hacer que se vea al monstruo. ¿No? Por cierto, también sabremos en los próximos días si Luis Tudanca se queda para ejercer la oposición o se marcha tras su tercer intento consecutivo de alcanzar la Presidencia, como insinuó el mismo domingo por la noche.
Descartados los vetos y cesiones, las opciones se reducen a dos: o Mañueco logra acuerdo con Vox y se lanza a una legislatura de inciertos resultados, duración y sin duda, de excesos, o acaba convocando nuevas elecciones. Todo se andará, que estamos aún en la primera fase.
Lo que es más inmediato es tratar de entender lo que estas elecciones han dejado en Segovia, donde el primer titular es que el PP ha recuperado la hegemonía que ostenta tradicionalmente con tres puntos por encima del PSOE. Los populares de Segovia creen que han cumplido su cometido provincial y los socialistas apenas disimulan su frustración, como evidenciaron las declaraciones con un poso de rabia y aún en tono de contienda electoral de José Luis Vázquez la misma noche del domingo en las que lanzó una “felicitación” más que forzada a los populares.
No crea que ha sido un paseo fácil: los populares dominan una provincia plagada de pequeños núcleos, pero tiene más problemas en algunos de los municipios más grandes —le ha pasado también en varias de las grandes ciudades de Castilla y León— donde el PSOE ha acabado imponiéndose, aunque sea por escasa diferencia. Segovia y parte de su alfoz, incluyendo San Ildefonso y Palazuelos de Eresma, además de Cuéllar, o Coca son las principales medallas que los socialistas han podido salvar de las últimas urnas en las que han contado 6.144 votos menos que en las autonómicas de 2019.
Poniendo el foco en la capital donde, en las últimas regionales, el PSOE marcó una diferencia de casi seis puntos sobre los populares, la distancia se ha visto reducida ahora a sólo unas décimas, 145 votos. Un “empate técnico” producido por la propia dinámica de estas elecciones pero quizá achacable también al desgaste que afecta al Gobierno de Clara Luquero en el Ayuntamiento. Son votaciones distintas, cierto, pero si José Luis Aceves se arroga la victoria en Coca y José Luis Vázquez la de la Granja no es descabellado achacar a Luquero los resultados de Segovia ¿No?
Cuesta más comprender cuál ha sido la dinámica de trasvase de votos entre las formaciones. Lo cierto es que Vox, erigido en tercera fuerza provincial, ha logrado prácticamente los mismos votos que tuvo Ciudadanos en 2019 así qué la regla de tres simple llevaría a colegir que los votantes naranjas se han tornado directamente verdes, lo cual debería ser mucho suponer.
Para multiplicar las incógnitas hay que subrayar que Unidas Podemos —nunca el nombre de una marca electoral fue más desacertado a la vista de una campaña en la que iba por un lado “Unidas” y por otro “Podemos”— ha perdido 2.193 votos respecto a la suma de lo que lograron las mismas formaciones por separado, pero los datos no reflejan que esos votos, ni siquiera una parte, se hayan trasvasado al PSOE, el camino, a priori, más natural. Así las cosas, los votantes han dado saltos impensables hasta ahora y los cambios de opción de voto ya no consisten en escoger la papeleta de los partidos más cercanos ideológicamente sino que los electores se decantan sin complejos por las de otros más lejanos, lo que alimentaría la idea de que opciones como la del populismo de Vox pueden pescar en todo tipo de caladeros.
La provincia de Segovia, por otro lado, no ha notado el fenómeno de los partidos localistas, una opción que asumió Centrados de manera demasiado precipitada, sin medios, apoyos o un programa y sin siquiera haber llegado a postularse para liderar el malestar creciente de la “Segovia vaciada”. 492 votos y la última plaza en las preferencias de los electores. Como dice Francisco Igea, como dice Pablo Fernández, únicos electos de Cs y Unidas Podemos, respectivamente, lo bueno de estar tan abajo es que en siguientes pasos por las urnas sólo cabe crecer.













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