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Los asquerosos y la Segovia despoblada

En la expansión que siguió a a los primeros años del milenio la irrupción masiva de inmigrantes camufló el problema. Segovia crecía.  El año récord de 2009 la provincia contaba con 169.000 habitantes, diez años después estamos en 10.000 menos;  hemos retrocedido a 2004. Ya por entonces, y antes, el problema era ostensible. Pero no estaba de moda. La España vacía era la España de secano y punto.

Yo tenía una tía monja en Santa María de Huerta, Soria. Había allí un colegio donación de los señores Condes de Medinaceli (creo recordar) y que cerró a principios de los ochenta. Mi tía monja hablaba de cientos de alumnas en la posguerra. Procedían del epicentro de lo que hoy llamamos la España vacía. Esa Laponia temperada que abarca desde Sepúlveda a Alcañiz, de Calatayud a Teruel. Pasar por allí a mediados de los 90 (cosa que hacía entonces y sigo haciendo a menudo) era como adentrarse en un mapa en blanco. Bromeando y al regreso les contaba a mis amigos: hoy he descubierto un pantano; un nuevo río; una cordillera. En los años siguientes mi impresión es que las cosas mejoraron porque a peor ya no se podía. Aldeas llamadas a la extinción sobrevivían de la mano del turismo rural y de una incipiente industrialización del campo y que atraía una familia búlgara por allí, otra del Magreb por allá. Repentinamente aparecía algún pueblo con ¡¡niños!! Eran islas como Chañe, a los que una implantación agroindustrial convertía en laboratorios sociológicos. El 50% de la población extranjera y procedente de varios países. Todo bastante flipante.

Mucho antes conocí el Pirineo de Lérida y Huesca. Aquello era tan hermoso como duro. Hablo de los 70, con pueblos de dos y tres habitantes desdentados y de habla intraducible, calles de estiercol y casas del XVIII y no los pastiches actuales que parecen imitar una postal suiza tirando a hortera pero en piedra artificial. Aquel pirenaico mundo, mágico y duro, murió sustituido por segundas residencias pareadas de esquiadores que, fuera de temporada, se alquilan los urbanitas o, como dice el escritor Santiago Lorenzo sin pizca de clemencia, Los Asquerosos.

Estamos ante uno de los libros de moda. Su autor reside allá por Matabuena. Fabrica sus propios churros, lo que para mí es presentación suficiente como para prestarle atención. La novela arranca como un tiro. Manuel debe pasar a la clandestinidad y termina en un pueblo abandonado al que llama Zarzahuriel, allí deviene una suerte de Robinson con “ángel de la guarda” que le remite puntualmente pequeñas remesas de “lo imprescindible”. La prosa es mordaz. Con comparaciones hilarantes. A partir de aquí la novela entra en un bajón, del que uno medio sale gracias al buen hacer de Lorenzo. Un soliloquio un tanto plomizo sobre la soledad (o te saltas las 30 páginas palo, que para algo has pagado). Luego, mediada la historia, se vuelve animar con la irrupción de los asquerosos, un clan, los Mochufa, a los que Lorenzo retrata como excrecencias sociales, sin la más mínima piedad pero lamentablemente, con considerable lucidez y veracidad. Los Asquerosos somos nosotros.

Y bueno. Tipos como yo algo menos asquerosos. Por lo menos uno ha estado en Matandrino (despoblado de Prádena), sabe de qué va. Pero no puedo dejarme de identificar con la amical panda que decide pasar un finde en Laponia, con sus patosidades de urbanita fuera de contexto (“¿esto es un ciprés o un cerezo?, espera que mi cuñado tiene una aplicación en el móvil y te lo dice”, y va la aplicación y sentencia prus podispopticae, Himalaya);  los amigos winner ansiosos de exhibir su nuevo 4×4, los niños -nuestros niños- criados entre algodones, sin sopapos y con wi-fi eterna, y por lo mismo, a menudo candorosamente repugnantillos, que dijo Cela. Los crueles comentarios para con los cuatro mutantes lugareños que quedan. “Joder, si hasta va con boina, cuando se despiste le hago una foto y me la pongo en el perfil”.

Matandrino, un pueblo abandonado en Segovia.

Hoy se habla mucho de despoblación, de cómo convertir Laponia, ¿en qué exactamente? No se sabe muy bien. Nos da penita ir un martes de invierno a Ochando o Moñibas, angosta el alma el desierto humano. Pienso que no tiene solución. O que sí la tiene va para largo. Aunque la verdad es que, no exactamente en Moñibas, pero en muchos de estos pueblos se vive como Dios, al menos personas como yo, tirando a sociopatas. Especialmente si está a veinte minutos de algún pueblo más grande, con su Dia, su centro de salud, su instituto. Lo suyo es que tengas un teletrabajo que te permita minimizar los traslados a la capital y un grupo de whatsapp que informe de si hay controles de alcoholemia por si un sábado te enredas a cañas por la plaza. En Laponia encuentras sitios más que óptimos para llevar una vida crepuscular o criar hijos e incluso hay desfribrilador en la casa consistorial. Algún día el mundo me dará la razón.

Es verdad, ser joven allí puede ser un putadón. Todos los que conozco llega un día que se mueren por ver mundo, y hacen bien. Y lo normal es que, o han desarrollado una extraña vocación de tractorista, o no vuelvan. Y repito, es lo normal. No hay quien ligue en Ochando.

Pero vale la pena salir a llorar el domingo por Madrid en manifestación procesional contra la despoblación. De esta seguro que cae fibra óptica universal y una subvención, mil euros por crio y año, para media provincia de Segovia. Una especie de PAC por fertilidad. Eso lo entiendo y hasta lo defiendo. Y aquí y ahora, con Sánchez en plan sultanato tirando el dinero al populacho desde el balcón de los decretos, es un buen momento.

Lo que no entiendo es como mucha gente de Madrid, pudiendo, no lía el petate y se larga echando leches a Prádena a vivir o paraíso similar. Digo pudiendo, en la medida que el trabajo, la wi-fi o la disponibilidad económica lo permita. Lo que es yo -y estoy muy orgulloso de eso- y ahora que en la tele tengo toooodo el fútbol del mundo, he conseguido limitar mis visitas a la corte a los tanatorios del extrarradio. Voy, doy el pésame y me piro. Algún colega me dice que aproveche y me plante por el foro. Hace diez años piqué y al final, arrastrándome buscando un sitio donde por conmiseración me dieron media pizza a precio de langosta, cerveza a cuatro euros, y 20 de párking. Tabaco no encontré. Había que caminar varios kilómetros hasta una gasolinera mítica.

Actuamente mi coche, de puro tóxico ya ni entra en la “la almendra central”. Mejor.  No siendo que por bocazas algún día termine en la Audiencia Nacional, ¿qué coño se me ha perdido a mí en la jodida “almendra central”? ¿Hacer cola estrujado con media China en un museo para a la vuelta soltar que he visto un Bansky? ¿Ir a ver el Rey León?  Vamosnomejodas… Eso es lo que yo no entiendo: cómo vivir en el mainstream. Mejor Laponia, dónde va a parar.

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Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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