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España en venta: breve historia de los pactos con el nacionalismo

Estoy por la tolerancia. Odio la polarización en que está sumido mi país. Tan salvaje me parece la venta de prebendas hacia Cataluña -esos 15.000M€ en fase de condonación-  como que Vox hable de golpe de estado por una amnistía que, sinceramente, me parece un precio menor si finalmente resulta aplicable y sale constitucional, que no son pocos los que lo dudan.

Y si no, veamos cuándo no pintan copas en este país.  Porque que yo recuerde, desde la democracia, siempre ha sido igual. Siempre el interés del partido o baranda a investir por encima del interés general. Y eso si no me retrotraigo a la amnistía de 1936 en la que se perdonaba a Companys la proclamación en 1934 del Estat Catalá en un golpe de estado de libro (ese sí), con 46 muertos en la calle y seis días de Estelada ondeando en la Generalitat (al menos, no fueron los 44 segundos que invirtió Puigdemont en proclamar la independencia para a continuación desproclamarla). En Asturias, claro, fue peor.

Yendo a la democracia moderna, el primero de todos fue Adolfo Suárez y la hoy tan admirada gente de la UCD, que ya en las preconstitucionales de 1977 y para ganarse los votos del sorprendente Pacte Democràtic de Pujol, aceptó un federalismo asimétrico, tolerando además en los años siguientes que el relato nacionalista campara por la sociedad catalana sin cortapisas estatales (monolingüismo, aceptación como credo de la historiografía nacionalista, catalanización de la administración pública). No solo consiguió un  socio de gobierno sino que, de paso, frenaba el avance de la izquierda en Cataluña (si por izquierda admitimos a Felipe González, claro).

Pasó que en 1993, aquel otro paradigma del sentido de estado, el dicho González, tuvo que pasar y pasó por la taquilla catalana. Prefirió a Pujol antes que Anguita, y costó una barbaridad, en concreto la cesión del 15% del IRPF, entre otras y sin contar la habitual complacencia con el gobierno catalán. Porque claro, el acuerdo conllevaba la habitual muletilla en letra (no) tan pequeña que decía, “en el Parlament de Barcelona, nosotros, los nacionalistas, haremos lo que nos dé la santa gana, y vosotros, partidos del Gobierno, nos salvaréis el culo si tenemos en casa follón con la oposición”.

Lo de Aznar en 1996 fue de chiste. Son los llamados pactos del Majestic, que además de costar otro pastizal se cobraron la figura del Gobierno Civil, que quedó en subdelegación, la eliminación del Estado Central en toda Cataluña y, de propina, la cabeza del hoy tristemente de actualidad y entonces líder del PP catalán, Vidal Quadras, que Aznar entregó sin miramientos y por fax (“Amigo Aleix, queda usted cesado”), todo a requerimiento de Pujol, el político más corrupto de España y que volvió a Cataluña como un César victorioso.

¿Se puede meter más la gamba?. Pues sí.  Fue el bueno de José Luis Rodríguez Zapatero. “¿Qué queréis?”, les preguntó cuando iba a ser investido. Y la respuesta fue “queremos un nuevo estatuto que ponga bien claro por encima de todo que Cataluña es una nación, o sea, un pueblo soberano. “Pues sea”, dijo el buen hombre -¿acaso consciente de que todo aquello era una burla a la Constitución?, pienso que ni eso-. Artículo 1 de la Constitución: la soberanía recae en el pueblo español. Para que luego vayamos rajando del VAR, resulta que unos “prestigiosos” juristas se tiraron cuatro años cuatro para impugnarlo. De aquellos polvos esos lodos. La fallida consulta de Mas en 2013, la de Puigdemont cuatro años después… Después de eso, yo confía más en la ley gitana del tío Juan de Dios que en los jueces del Constitucional.

Pero sigamos. En 2015, ya con el bipartidismo hecho trizas, la cosa estaba tan mal que hubo que repetir elecciones. Y en 2016, en pleno crescendo de ERC y el hoy Junts por ver quién lava más blanco y engaña a más incautos, llega lo nunca visto, y hasta la fecha único ejemplo de acuerdo transversal entre izquierda y derecha: la abstención parcial del PSOE que permitía a Rajoy investirse presidente. Creo que es la única vez -y sospecho que pesó y no poco la supervivencia de la cúpula socialista- desde el pacto constitucional que ha habido un acuerdo de este calado, si bien el precio que pagaron los socialistas fue enorme. No sobrevivió ni uno, pregunten a Juan Luis Gordo.  Desde entonces, ya en la etapa Sánchez, impera la más salvaje polarización entre los bloques de izquierda y derecha.

Moraleja. Los principios, en lo que a política se refiere, son una estafa. Nadie los tiene. Maquiavelo  tiene razón y Aristóteles era un malva:  al final se impone la pura práxis del poder, el qué demonios tengo que hacer para mandar muy por encima del interés general. Y les digo una cosa, no sé mucho de otros parlamentos pero creo que eso es bastante habitual en toda democracia, desde luego en Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos, donde los senadores incluso pasan del partido y negocian “a la catalana”, con un vale, pero te apoyo a cambio de qué…

Que no debería ser así…. Ya… A mí no me miren… Por eso Spengler estaba contra la democracia. Yo no. Yo pienso que la democracia es un razonable mal menor, dependiendo exclusivamente de la sensatez y formación de los electores, de ustedes y de mí, de nuestra tolerancia al otro, que no termine en un putiniano mal mayor. Tolerancia, esa es la clave. Dice María Zambrano, “la democracia es el único sistema político que no solo permite ser persona, sino que obliga a ser persona”. Y a ser persona se empieza tolerando al otro.


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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