Este verano he tenido la oportunidad de volver a Pontevedra. Allí conocí Galicia cuando como alumnos de la Escuela de Ingenieros de Montes, en los años 60, pasábamos unos días de visita a montes de esa región, alojándonos en el Pazo de Lourizán, propiedad de la Escuela, en la desembocadura de la ría de Pontevedra. Entonces la ciudad tenía una población de unos 50.000 habitantes, ahora pasa de los 80.000.
Este crecimiento espectacular convirtió una población llena de encanto, en una incómoda y triste urbe, debido al aumento desorbitado y caótico del tráfico motorizado. Hasta que, hace algo más de 20 años, las autoridades locales decidieron afrontar el problema con decisión y valentía y comenzaron a adoptar medidas de restricción y racionalización de la movilidad, estableciendo prioridades peatonales y de recuperación de espacios públicos, antes invadidos por los vehículos, para los ciudadanos. Al tiempo, han desaparecido prácticamente los accidentes de circulación y se ha reducido la contaminación ambiental. Hoy, el casco histórico de Pontevedra es ejemplo de ciudad amable, sostenible y segura.
Esta transformación, tan positiva, de la ciudad, empieza por el convencimiento, por parte de los ayuntamientos, de que el trafico motorizado acaba asfixiando los centros históricos de las ciudades, si no se aplican medidas de racionalización (lo que implica restricciones) del uso del automóvil privado. Plantear que esto supone recortar libertades fundamentales, es engañarse y abocar a su degradación definitiva. Es un error plantear este problema como una cuestión ideológica cuando realmente es de simple supervivencia. Aunque es frecuente caer en su utilización populista.
Hoy en día son numerosísimas las ciudades de todos los tamaños (Barcelona, Valencia, Plasencia, Sevilla, etc. etc.) que tienen zonas más o menos extensas con restricciones del tráfico privado y en ninguna se ha dado marcha a atrás después de su implantación. Solo hace falta tener el valor de dar el primer paso.
El casco histórico de Segovia tiene unas condiciones extraordinariamente favorables para llevar a cabo una ordenación racional del tráfico, con un control sencillísimo de los accesos, lo que permite evitar la entrada de los vehículos superfluos.
Ninguno de los alcaldes del periodo democráticos ha cogido el toro por los cuernos en el tema del tráfico del recinto amurallado, más allá de la implantación de la ORA por López Arranz, hace 40 años y la instalación de un fracasado sistema de control de accesos, con cámaras, a la plaza Mayor. Ya va siendo hora de que alguno tenga el valor de tomar medidas, antes de que el casco se convierta en un decorado solo para turistas.
Por otra parte urge recuperar espacios públicos históricos, liberándolos de los coches que hoy los ocupan y los degradan, como la plaza de san Esteban, o el entorno de la iglesia de la Trinidad, o san Sebastián. Recuerdo con nostalgia los espectáculos musicales y teatrales veraniegos en san Esteban.
Aprovecho para felicitar al Ayuntamiento por haber devuelto el agua a esta fuente y a la de san Martin, tras años de injustificada y prolongada sequía y les animo a que continúen esta labor en otras fuentes monumentales, como la de la alameda del Parral o las de Sancti Espíritu y Día Sanz. Las fuentes sin agua son como cadáveres, que resucitan cuando se las hace correr
Como digo, me ha dado mucha envidia la ciudad de Pontevedra por haber tenido autoridades locales lucidas y valientes, pero no pierdo la esperanza de ver algo parecido en nuestra ciudad que, declaraciones rimbombantes aparte, se lo merece.














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