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Mirar debajo del coche

Caminaba por la calle con dos amigos una mañana noventera de verano de esas que anuncia tormenta y te priva de un día de piscina. A falta de agua y cloro, callejear con trece años sin rumbo con una bolsa de pipas esperando que suceda algo divertido es una forma de libertad que se desvanece en el mundo adulto.

Camilo y Rafa iban delante de mí, se agacharon a mirar los bajos de un coche y empezaron a correr sin darme explicación. Al verlos salir endemoniados pensé que habían encontrado una bomba lapa o al menos un bebé velociraptor, las dos únicas opciones lógicas para su huida, y también que por lo que fuera no les había dado tiempo de alertarme. Lejos de detectar el peligro, a esa edad lo que quieres es ver lo mismo que tus amigos, no sea que te pierdas algo y no puedas contarlo, así que me agaché también y descubrí el motivo de la carrera: debajo del coche había una gorra azul de Nike totalmente nueva. La cogí con la misma precisión que un TEDAX desactivando cincuenta kilos de un artefacto con Titadine y fui al encuentro de mis amigos esperando que alguien gritara «¡al ladrón, al ladrón!», como aquella vez que de niño pisé el pedal de una moto, saltó la alarma, toda la calle se quedó mirándome y yo supuse que me caerían 10 años de prisión.

Pregunté a Rafa y a Camilo por qué habían corrido y me dieron una respuesta a medio camino entre que creían que había una cámara oculta y que al ver a uno salir pitando el otro hizo lo mismo, aunque ninguno supiera con certeza quién fue el primero. Nunca se sabe en la adolescencia quién del grupo toma una decisión, lo importante es la confianza a ciegas, la que no atiende a razones porque la razón a veces lo estropea todo.

Los tres somos hijos de militares y lo de revisar los bajos en aquellas décadas nos era algo familiar: ver a nuestros padres agacharse a diario antes de arrancar el coche a comprobar si había una bomba lapa cortesía de ETA. Cada una que explotaba en España y mataba o mutilaba a un militar, policía, guardia civil, político, funcionario de prisiones, juez, periodista… recordaba que le podía pasar a cualquiera que perteneciera a un colectivo “enemigo” de los terroristas.

Cuando invitábamos a la piscina militar a algún amigo y antes de acceder al cuartel un soldado revisaba con un espejo los bajos del coche, le decíamos con naturalidad y un toque cómico «miran por si hay una bomba en el coche». El invitado se quedaba blanco jugándoselo todo a que, si no había explotado por el camino, malo sería que lo hiciera al final del trayecto y nos quedáramos sin baño y sin piernas.

Aquella escena cotidiana afortunadamente desapareció hace una década y media cuando ETA se rindió como banda terrorista gracias al trabajo y al sacrificio de miles de personas durante muchos años, aunque luego en el patético juego de la política unos pocos se atribuyeran de forma individual el éxito.

Pero ese triunfo colectivo fue triste e incompleto por las casi 900 víctimas que se quedaron por el camino y sus familias. Por eso, es tan doloroso ver cómo pasa de puntillas en España que se esté produciendo una amnistía encubierta de los asesinos gracias al PNV y a la complicidad del gobierno central de Pedro Sánchez, que sabía lo que conllevaría la cesión de la competencia en prisiones en el País Vasco. Anboto, Txeroki, Zubieta, Olaizola, Novoa… son terroristas que acumulan miles de años de prisión y podrían seguir en la cárcel. A cambio están en la calle por la complacencia política entre unos y otros bajo la excusa de terceros grados y de trabajos que realmente no hacen. Las tragaderas que demuestran muchos a cambio de un sueldo o de un carnet de partido, aludiendo a que es la ley y que «ya han cumplido su pena», es lo que nos recuerda que este país tiene una relación muy turbia con su pasado y con la reescritura continua que se hace de él.

Feliz domingo, queridos lectores/as.

Author: Alberto Martín

Profesor universitario y escritor

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