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La fascinación del fascismo

Los artistas son los canarios en la mina social. Detectan los cambios antes que los de las oficinas y la caña del domingo. Andrés Calamaro dijo en 2019: “Prefiero el vértigo de los patriotas y reaccionarios. A su manera, me representan más que los moderados. Ya perdimos mucho con la izquierda aburrida”. Vale que el cantante argentino puede decir cosas contrarias dependiendo de la hora, pero esta frase ya anticipaba dos fenómenos a los que hoy nos enfrentamos: la antipatía de la izquierda dogmática envuelta en sus cuitas y purgas internas y la exhibición, sin complejos, de una nueva supuesta superioridad de consciencia de la derecha frente a la manoseada superioridad moral de la izquierda.

Esta tendencia, avalada por los datos electorales de la semana pasada, tiene su mejor ejemplo en el video en el que se ve como un tal Alberto Pugilato pega dos tortazos a Jaime Caravaca para ajustar cuentas de Twitter. Les cuento, este cómico, que trabajó en La Resistencia de Broncano, es muy militante de izquierdas, muy de humor social y muy activo en redes. Venía ya con antecedentes de “pasadas de frenada” pero se sentía protegido por el hecho de ser un “artista” comprometido con la diversidad. El agresor es un conocido neonazi que hace su música y sus mierdas nazis. Este chavalote publicó una foto con su bebé de tres meses en sus brazos mazados y escribió: “felicidad y orgullo”. El cómico respondió: “nada podrá evitar la posibilidad de que ese niño sea gay y se harte de mamar polla de negro obrero”. El nazi se vino a Madrid, esperó a que acabara el show, le pegó un tortazo, le recriminó el comentario, se disculpó ante el público y retó al humorista a que se lo dijera otra vez a la cara, finalmente, una última torta y un adiós sereno mientras el artista queda temblando y balbuceando un ¿pero podemos hablar? Más allá del chiste sin gracia y la respuesta violenta, y por tanto inadmisible, fíjense en el lenguaje corporal, porque no hay mejor metáfora de cómo el fascismo se ha subido al escenario público y esta arrinconado a la superioridad moral de la izquierda.

Su fascinación está en la estética, en ese no poder dejar de mirar, como cuando vemos un accidente o el ataque de un león, en la exhibición de la fuerza del poder protector, de emociones primarias, pre-políticas, como el orgullo o el honor. La fascinación está también en la uniformidad y los uniformes apretados y en la sencillez de los mensajes. Frente a la turra de los límites del humor negro y de la obligación moral de alertar del odio al diferente, hay un padre diciendo que a los niños no se les toca y esa comprensión sobrevuela los argumentos y la razón.

Por detrás está operando también el tema de la identidad grupal. Los adolescentes (varones) que siguen en redes a Dani Desokupa, a Alvise, o a Iker Jimenez, (las fuentes de su aparente nueva consciencia superior), al ser recriminados por sus padres (de izquierdas) responden: “es que yo soy blanco, hetero y español, la izquierda no me habla, pasa de mí. No le rento ni ella a mí. Bro.”

El fascismo es una fuerza que se construye a través de rechazos y la propuesta de la acción, directa y violenta, frente a las construcciones teóricas complejas y aburridas. La forma de parar al fascismo no es el antifascismo, que lo alimenta, sino la democracia. Esa es su verdadera presa y a la vez su kriptonita. En España, el viaje que va de la fascinación a la “nación fascio” va más lento que en Francia porque aquí tenemos la vacuna del franquismo y el catolicismo, pero claro, a los chavales de veinte, Franco les suena a coetáneo de los “Reyes Gordos”. Nuestra verdadera ventaja se llama Inmigración Latina, eso es lo que desdibuja la Teoría del Gran Reemplazo, que es “el Red Bull” del fascista. Esta teoría empieza anunciando la ocupación de casas por parte de inmigrantes, luego de los trabajos, después de las instituciones y acaba asustando con la imposición de su idioma, su religión y sus costumbres hasta que nos echan porque son más y más violentos. Sea verdad o no, esta profecía de terror funciona mejor con argelinos en la periferia parisina que con los colombianos en un parque.

“Bacano” ya decimos, bachata ya bailamos y encima ellos creen de verdad en nuestro Dios. Cada vez que se crucen con ellos, se me santiguan porque ellos son el verdadero milagro del antifascismo español. “Mis bendisiones”.

Author: Gonzalo Vázquez

Periodista

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