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El reloj de Los Dolores, 130 años de cuerda

Uno a uno, lo viejos relojes de torre van siendo sustituidos por funcionales relojes de pilas. Los complejos mecanismos de cuerdas y poleas que golpean las campanas sincronizados con las horas han enmudecido o son sustituidos por programas de ordenador. En La Granja de San Ildefonso, sin embargo, quedan dos relojes de torre a la antigua usanza. Uno, ubicado en el palacio, y al cargo de Patrimonio Nacional, que no funciona. El otro está en la iglesia de los Dolores. En su corazón late un mecanismo de engranajes fabricado en 1881 en Estrasburgo (entonces Alemania, hoy Francia) de la casa Grein. Seis años después, el reloj se montaba en la torre derecha de los Dolores Segovia.

La iglesia fue una donación de Isabel de Farnesio a la Hermandad de los Dolores, que sigue siendo la propietaria del templo. A partir de una ermita se construyó la planta actual, en 1764. Entre sus muros hay mil historias protagonizadas por los granjeños de a pie. Allí se les velaba cuando morían (al menos a los cofrades, hoy sobre 600) con un ataúd que pasaba de muerto a muerto.

Historia de un reloj

La historia del reloj es una más. Desde 2007, Isidoro Arévalo, maestro industrial retirado, es el mayordomo mayor de la hermandad. Se encarama cada semana a la torre del campanario y engrasa concienzudamente las decenas de engranajes. “Sobre todo el del péndulo, el de la minutera, de este depende todo lo demás”, explica. Se accede por una empinada escalinata escondida en el viejo órgano. “Esto es una maravilla”.

En realidad es toda una clase de física. Empezando por el péndulo. Los movimientos pendulares fueron matematizados por Galileo en 1602. El movimiento del péndulo tiene una curiosa propiedad, es isocrónico, tarda lo mismo en ir que en volver, es un regalo de la gravedad y gracias al cual en 1656 el holandés Christiaan Huygens revolucionaría el mundo. Aplicando una fuerza constante, por ejemplo un contrapeso que a través de engranajes transfiere la energía de la caída al movimiento del péndulo, tenemos una vara que oscila exactamente -supongamos- a intervalos de un segundo. Lo siguiente es aprovechar esta cualidad para, a través de más engranajes, trasladar ese movimiento a una aguja que se desplaza por una esfera. Voilà: el reloj.

En Los Dolores el reloj tiene tres cuerpos. El central es para la minutera. Este transfiere cada hora un movimiento al cuerpo de engranajes de la izquierda, la hora o “entera“. Por un proceso similar el cuerpo central conecta con otro cuerpo a la derecha que conecta con un sistema de poleas que cada hora, cada media y cada cuarto bate la campana de la torre con un mazo (como se ve en el vídeo que abre esta información).

De cada cuerpo parte un cilindro al que va enrollada la cuerda que sujeta los contrapesos.  De aquí viene la expresión dar cuerda. Cuando los contrapesos agotan los 40 metros de caída hay que volver a enrollar la cuerda alrededor del toner. “En tiempos de mi padre, José Arturo, había que darle cuerda cada 12 horas. Se ocupaba el sacristán. Pero en 1968 mi padre encargó a Gonzalo, el que era electricista de la fábrica de cristales, montar unos motores eléctricos que recogen automáticamente la cuerda”, recuerda Isidoro.

Estar a la altura

Naturalmente, 130 años funcionando exigen un cuidadoso mantenimiento. “Cada año hay que cambiar las cuerdas. A veces falla la recogida de cuerda y hay que ajustarlo, pero en general es una maravilla. Fíjate en los engranajes, de bronces, apenas hay desgaste. Son las mismas piezas que cuando se montó”. Con 67 años a cuestas, a Isidoro empieza a pesarle los escalones. Cada seis meses hay que acceder al dispositivo de la esfera y engrasarlo. Literalmente hay que arrastrarse por un tunel que atraviesa la torre.

A veces un roce de las cuerdas adelanta o atrasa el reloj. Entonces hay que ponerlo en hora con una tuerca al final del péndulo. A veces el reloj juega malas pasadas. “Cada año algunos del pueblo nos tomamos las uvas de fin de año delante del reloj. Este año iba atrasado y se nos pasó la hora. Menuda cara de bobos que se nos quedó, explica María“, granjeña de pro. Isidoro pone cara de circunstancias. Fue él. Con unas piedras se puede alterar la masa del contrapeso de manera que los segundos corran más despacio, es el truco que se usa en la Puerta del Sol para que los españoles no nos atragantemos con las uvas.  Este año a Isidoro se le fue la mano unos cuatro minutos.

Salimos de la “sala de máquinas” y desde la plaza de los Dolores miramos el reloj con otra perspectiva. Es una esfera de cristal de medio metro de diámetro y cincuenta kilos. Originalmente blanca hoy luce de un gris azulado. Las horas y minutos se han borrado, apenas aguanta el mediodía. Ahora que uno lo sabe, resulta indignante que tanto esfuerzo y tanto ingenio no luzca como merece.

“Hemos hablado con los de la fábrica del vidrio, ellos han manifestado su interés en restaurar el cristal. Después de todo es pulirlo, limpiarlo y repintarlo. Solo falta que nos dejen un camión de bomberos o algo así. Subir y bajar el cristal. Eso es todo”, dice Isidoro, que cuenta que hace unos años estuvo a punto de cuajar la idea gracias a un hijo del pueblo empleado en el cuerpo de bomberos de Segovia.  Una plataforma elevadora que pueda subir a Isidoro a desmontar las agujas, desempotrar la esfera y dos tíos cachas que aguanten el peso. Ese es el plan.

En la torre del campanario hay varios graifitis. Cada campanero-relojero acredita ahí su historial de servicio. “El día 5 de octubre estube viendo dar al reloj por primera vez año 1887“. ¿Tú no has firmado? Le preguntan a Isidoro. “Ah, pues todavía no”, contesta. A ver si puede ser que el próximo 5 de octubre el reloj luzca blanco, con sus 24 horas. Como hace 130 años.

Autor: Cultura

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2 Comments

  1. Bonito artículo del reloj de la plaza de San Ildefonso, lastima que el de palacio siga parado, apresar de que patrimonio tiene un relojero en plantilla.

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  2. Un relogero bueno, que digo buenísimo

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