A la espera de la deseada comunicación de “incendio extinguido” que aún tardará unos días pero con la zona ya en nivel “0” de peligrosidad, los segovianos en general y los granjeños en especial respiran aliviados tras tres días de angustia por ver cómo ardía el que muchos consideran “el jardín de su casa” o directamente “su bosque”, en la sierra de Guadarrama.
A falta del dato oficial han sido 400 las hectáreas arrasadas por las llamas, 150 de ellas de pinos que, en su mayoría, tenían unos 60 años de vida, aunque lo mejor de todo es que lo que se quemó el primer día es lo mismo que se ha quemado al final, es decir, que el incendio no ha crecido en los tres días que ha estado activo gracias al dispositivo montado, una enorme cantidad de medios —dicen los profesionales más veteranos en estas lides que mucho mayor que lo habitual— que los que han estado al frente del operativo aseguran que ha funcionado “como un reloj suizo”. Y no ha debido de ser fácil lograrlo que por aire se han producido en diferentes momentos “atascos” considerables de helicópteros y aviones buscando su turno para cargar y descargar agua y por tierra tampoco era poco el personal concentrado allí.
Tiempo habrá de poner cifras concretas a los costes de tamaño despliegue, aunque ya le anticipo que no será una factura barata y se contabilizará en millones de euros. También de cuantificar los daños directos e indirectos causados y, sobre todo, pensar cómo evitar que esto vuelva a repetirse. Alguno dirá que con mucho menos de lo gastado desde el domingo en la extinción esos bosques podrían limpiarse concienzudamente en invierno retirando combustible para el verano y nos habríamos ahorrado disgustos. Ya sabe que discusión le digo.
Lo que salta a la vista es que ha habido un esfuerzo monumental sobre este incendio, que además de afectar a una zona de enorme valor medioambiental en un Parque Nacional y su área de influencia resulta que se encontraba demasiado cerca de Madrid y a tiro de piedra de Segovia y llegó además a hacer temer por espacios habitados del mismo Real Sitio y hasta los jardines del Palacio Real, además de carreteras de primer orden, según se encargó de remarcar el consejero de Fomento, Suárez Quiñones en su afán de dejar claro que había que actuar con todo lo que hubiera y más si hubiera sido posible. Mucho en juego. No solo en lo medioambiental.
Más cuando al “incendio de la Granja” si le vale alguna etiqueta es la de “mediático”. Los medios de comunicación locales, por supuesto, pero también los nacionales e incluso algunos internacionales, se han empleado a fondo en su seguimiento, pero el hecho de que este fuera un suceso que ocurría “en la puerta de casa” de segovianos y granjeños —todo un pueblo volcado— ha hecho que centenares de ciudadanos no pudieran resistirse a tratar de ser espectadores directos y cercanos del “gran suceso” y de compartirlo, claro.
Así, las zonas de acceso a los escenarios de la catástrofe se han convertido en una romería de centenares curiosos y voluntariosos voluntarios no siempre oportunos. En este grupo había de todo: desde el que se presentaba con mono, botas y guantes, más o menos pertrechado para la batalla, hasta el de las Adidas, bermudas y camiseta de puesto playero, pasando por el que, por fin, encontraba un uso fetén para su flamante 4×4 y se plantaba en medio del camino para ofrecerse “para lo que sea”, aunque en la mayoría de los casos sólo lograra entorpecer el paso de las autobombas y camiones de los profesionales.

Más abajo, en el cementerio de la Granja, en el Pontón Alto, en el prado Bonal o en mil sitios más, centenares de curiosos se apostaban el domingo por la tarde y por la noche, cuando la tea era más visible buscando la mejor vista del siniestro. Por supuesto, todos iban armados de cámaras, móviles y tabletas para llenar las redes sociales de imágenes y comentarios sobre la evolución de los sucesos desde su punto de vista.
Ya se, tiro para lo mío, que es pensar que la información debe ser contrastada y profesional —complicada y desigual batalla la mía— pero lo cierto es que estos días las redes han cantado “grandes verdades de mentira” como la reiterada comunicación de una “necesidad urgente de voluntarios” cuando en la zona había en los peores momentos más de 300 profesionales pegándose con llamas gigantescas en gargantas y barrancos y los paisanos simplemente sobraban. Ya tendrán tiempo de palear, mover tierra y limpiar en los próximos días, que hay tajo de sobra. Me han sobresaltado a todas horas mensajes “de buena tinta” compartidos una y mil veces que anunciaban el paso de las llamas por encima de las cimas extendiéndose a toda la falda de Madrid en diferentes lenguas de fuego que nunca se produjeron. Y si hago un recuento somero resulta que en lo que va de semana deben ir ya unos 25 ó 30 detenidos distintos por ser los autores “demostradísimos” del inicio de la catástrofe cuando la realidad es que, cuando escribo esto, los investigadores seguían sin saber si la cosa ha sido una mera negligencia —cometida el mismo domingo o tal vez días antes— o el trabajo enfermizo de pirómanos.
Pese a todo, no creo que en todo ese ruido en las redes sociales hubiera mala fe, sino todo lo contrario. Pienso más bien que el replicar compulsivamente mensajes con cualquier contenido referido al incendio ha ofrecido una vía más para dar salida a la rabia y el temor; una forma de “hacer algo” contra la catástrofe que se imaginaba infinitamente más grande de lo que al final ha sido —y no ha sido poco, no—; de no dejar pasar la posibilidad de poder contar después que “lo vi todo y ayudé a frenarlo” aunque no sea del todo cierto. También, por supuesto, de satisfacer la necesidad básica de estos tiempos, que es llenar las tarjetas de memoria con centenares de fotografías, que en estos casos salen instantáneas llenas de épica.
Bueno, que al menos sirvan para no olvidar lo frágil que es lo que nos parece que siempre estará ahí solo porque lo vemos y lo disfrutamos cada día y hasta ahora no había pasado nada nunca.















Últimos comentarios