Lo de la ardilla cruzando España de árbol en árbol sería verdad en tiempos del griego Estrabón, pero cuando Rodríguez de la Fuente nos lo contaba a los niños de los 80 para concienciarnos, ya empezábamos a recuperar masa forestal. El 55% de España es forestal y de ésta, un 65% está arbolada. Cada vez más árboles, unos 7.000 millones. 155 por español constitucional. Somos el segundo país europeo con más bosques. Solo nos gana Suecia. Allí a los niños les dicen que Duplantis podría cruzarla con una pértiga del Ikea.
La España quemada es consecuencia de la España vaciada. Se deja la ganadería y la agricultura por ruinosa y se queda el pastizal, que pasa a ser una pradera y luego un bosque abandonado. Un pastor de cabras se levanta a las 6 en un chozo y un evangelista a las 9 en una choza con aire y un rebaño que da más juego, aunque estén como cabras. A uno le piden estudios de impacto ambiental y al otro que dé ambientillo aunque no tenga estudios. Tener árboles es bueno, pero lento y caro. Lento porque un bosque tarda 25 años en serlo, y caro porque solo se invierte donde hay rentabilidad política o económica inmediata. Un bosque supera cualquier legislatura y cualquier plan de negocio. El 70% son privados, pero también llaman a la UME cuando se incendian, como el de Sanitas que se va a La Paz cuando se palpa un bulto en la ducha. Así que la gestión forestal no da alegrías, solo evita dramas. Sí, aquí si valen los tópicos: bosque cuidado, bosque no incendiado. Bosque visitado, bosque vigilado. (Da igual que vayan a setas o a cruising). Los incendios se apagan en invierno. El mejor bombero es el cordero. Para que un bosque como el de Valsaín, que es el pinar de mi infancia, ardiera, se necesitaría casi un lanzallamas para llegar a las altas copas porque no hay biomasa combustible en el suelo. Está cuidado por las autoridades, vigilado por los vecinos, respetado por los visitantes. Es rentable, da madera, da turismo, da orgullo. Lamentablemente, lo sabemos también en Segovia, un bosque gestionado es condición necesaria pero no suficiente. Un buen bosque puede arder porque hay un mal tipo que le mete fuego. Dos tipos de malos, en un 95% tíos, 100% gilipollas. El incendiario que busca beneficio, y el pirómano que lo hace por placer o por venganza. Los pirómanos suelen ser jóvenes resentidos y del pueblo cercano. Con frecuencia sintiendo que “lo público” les debe algo, una oposición no sacada, una ayuda no entregada, un permiso no concedido, un despido… y estas “bestas” le meten fuego en una especie de violencia tribal, como si el bosque fuera el símbolo de lo que no abarcamos ni comprendemos, pero que podemos destruir. Si una bellota contiene un bosque, un mechero lleva un incendio dentro. La naturaleza también es humana. Será el jardín de Dios, pero con el puto demonio de jardinero. El incendiario busca un fin. Es un paisano que quiere meter ganado, o que espera ganar recalificando o ganando fondos por reforestarlo. No sabe que eso no puede pasar ya, pero es más fácil abrir una caja de cerillas que el BOE. La ignorancia es lo primero que prende a la luz natural de la razón.
Los incendiarios han existido siempre. En las tabernas se les conoce. A veces es una tradición familiar de rencor y niebla, pero ahora es más fácil que la cosa se descontrole por los incendios de sexta generación. Altas temperaturas, vientos fuertes y baja humedad que provocan tormentas de fuego que saltan cortados, pantanos y pueblos. Imposible entrar en ellos ni frenarlos hasta que no cambian las condiciones. Y sí, claro que tiene que ver el cambio climático. Sequías y olas de calor provocan megaincendios ante los que dan igual los medios, la tecnología y los voluntarios. Simplemente no son apagables. Los servicios de extinción apagan el 90% de los incendios, pero el 10% restante son tan grandes que hacen inútil cualquier inversión. En Zamora, en un pueblo “apartado de correos” y de cualquier servicio público, se están quemando 40.000 hectáreas de pinares, nuestros mares castellanos. Para poner dimensión a las cifras, el interior de la M30 son 4.000 hectáreas y toda la provincia de Guipúzcoa, 200.000, que es casi lo que llevamos quemado este año.
Cada agosto normalizamos asistir a la desaparición de una provincia de árboles. Hay un sopor y un duermevela producido por el calor, el alioli y el tour de Francia que nos aletarga como una siesta bajo un árbol. Los políticos lo saben y aprovechan agosto para sacar la basura propia y hurgar en la del vecino. Ahí está la madre del cordero de verano. El PP ha quitado a lo zorro la fiesta del cordero a los marroquís que trabajaban los campos de Jumilla. Está feo, pero aquí debo decir dos cosas, que no he podido hacer chistes con lo del fuego y me los hago encima. Primero: odiar el kebab y amar el lechazo no te hace más español, te hace más españolazo. Y segundo, y compatible con lo anterior: pasando Carbonero y por debajo de Cantalejo, llaman cordero al ovejo. Esta decisión y su explicación dan más vergüencilla que los refranes. En lugar de abrir el debate de la laicidad o reconocer que el PP tiene el “mal menor” murciano de Vox, cuentan la chorrada de prohibir el espacio deportivo a todos los corderos de Dios. El PSOE saca a quien esté de guardia, llama fascista al PP y alerta del fin de la democracia. Fidel Castro cuando ganó Obama, le llamó machista y racista y alertó del fin de la historia. Luego pasa que viene Trump, se reúne con Putin en Alaska y ya no sabes quién es el lobo ni el cordero de tanto llamarlo. Pasa que, si todo es fascismo, nada es fascismo. Si alguien quiere saber qué es fascismo, puede esperarse al final del telediario estival, y ver el genocidio de Israel a Gaza. Fascismo del de siempre. Con sus muertos, desplazados, sus cómplices y sus callados. Con toda la derecha internacional justificándolo. Qué pena. En unos años nos avergonzaremos. Cosas que pasan porque pasamos.
No importa que sean megaincendios o genocidios, siempre habrá alguien de guardia para dar el parte partidista. Unos vestidos con sus camisas de Ralph Laurent sumando razones para el “sanchicidio civil” y otros con el cuello mao buscando un nuevo “queMazón”. Que si las vacaciones de uno, que si Puente y Ayuso a ver quién es más faltoso, que si yo pido a Europa y el ejército y tú no me has llamado. Que si el bosque es de una comunidad del PP, pero de un Ayuntamiento del PSOE. De tanto buscar lo rojo y lo azul, se olvidan del verde. La derecha echa la culpa al ecologismo y sus restricciones y la izquierda a el cambio climático y sus excesos, como si pudiéramos poner un cortafuego entre el progreso y la sostenibilidad. Un bosque no es lo suficientemente grande para esconder los intereses.
Por trabajo he tenido que conocer a muchos forestales, algunos buenos amigos, gente profesional y entregada en un ámbito muy dependiente de las decisiones políticas, no técnicas, en las que casi todo se reduce a un problema de gasto, donde se externaliza para ahorrar, se precariza y se arrastran las chirucas y los Toyotas para no gripar al sistema. Incompetentes escondidos en las competencias. La política, tan necesaria, quema a la sociedad cuando es inútil. Este es un campo tan amplio que no debería medirse por la rentabilidad inmediata. Hace falta altura y tiempo de bosque. Un millón de árboles por cada agente forestal. A eso tocan. Un bosque no es un jardín, pero hay que gestionarlo. Gestionar una hectárea vale unos 100 euros. Unos 20.000 euros apagarla y unos 4.000 más reforestarla, si es que se puede. Echen cuentas en un papel de madera. En este tema hace falta planificar a 25 años con consensos técnicos y, mientras tanto, dejar que los mercados de carbono privados financien las reforestaciones y cuiden de sus inversiones. Eso absorbe CO2 y retiene población. Desde aquí, mi pésame para los familiares de las víctimas, mi ánimo para esa España quemada que reverdecerá seguro y mi respeto a los profesionales forestales. Una sociedad no es mejor que sus bosques.














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