Lo que llamamos objetividad es solo el prejuicio mayoritario. Porque no vemos las cosas como son, sino como somos. Y Luis Arroyo y yo somos objetivamente amigos.
Luis no es un amigo cualquiera. Es generoso hasta dar más de lo que tiene y orgulloso hasta tomar menos de lo que necesita. Es de los que mete en su casa al amigo divorciado y friega los platos de la cena en la casa ajena. Un árbol frondoso rodeado de hijos, amigos e invitados que no niega su sombra ni al perro que le mea ni al leñador que quiere cortarlo.
Arroyo no es cualquier tipo. Es leal a las espaldas. Habla a la cara, a la mejor altura de las personas cuando están en horas bajas. Tiene códigos de barrio, de enfrentar a los malos y aguantar a los tontos. Habla con la misma pasión y respeto al becario que al bancario, al conserje y al consejero, al venerable y al vulnerable.
Luis Arroyo no es un experto más. Aprendió el oficio de Miguel Barroso, el hombre que susurraba a los presidentes, asesoró a Carmen Chacón y a Fernández de la Vega, escribió el mejor manual de comunicación política que tenemos y montó una consultora que lleva quince años de éxitos.
No es una maldición cualquiera: nuestra mayor virtud es siempre nuestro mayor defecto. Tan confiado y confiable que te llama hermano en la segunda cita. No pone barreras ni las respeta. Cuando se empeña en avanzar lo hace sin mirar atrás. Como hace cinco años al proponerse devolver la luz al Ateneo de Madrid. Se abrió paso entre las resistencias ciegas de los guardianes de las esencias de lo que no pasó, los nostálgicos de las sombras y los abusadores de confianza.
Hoy hay el doble de socios y de socias, el doble de actividades, el doble de buenas y plurales y el triple de ingresos por miles de horas gratis de su liderazgo transformador, de un “Pepín bello y galansón” que ha unido a una generación de diferentes en el Ateneo del 2027. El tío que mejor recibe en Madrid lo ha convertido en un sitio abierto, plural, molón, donde uno puede escuchar a Espinosa de los Monteros, Felipe González o a Oscar Puente y después tomarse un vino con ellos y sus prejuicios objetivos.
En medio de ese éxito, Zapatero pidió ayuda, y Arroyo, movido por una lealtad generosa y freudiana, aceptó tasando mal los riesgos y las consecuencias. Yo no creo a Zapatero, pero sí a Arroyo, porque sabemos que ser portavoz es un oficio de ceniza, un pararrayos de la reputación de un gran hito de arena. Zapatero no engañaba a Arroyo, sino a sí mismo, al pensar que por haber ayudado tanto al mundo, el mundo debía devolverle su propia “propi”. Soñar como un ajedrecista, pero vivir como una pieza del ajedrez.
Afortunadamente, el portavoz no hereda las mentiras de su representado, igual que el abogado no carga con los delitos de su defendido, pero hay quien ha querido confundir la voz prestada con la propia y al trabajador con el presidente, para hacerle una campaña acusándole de politizar al Ateneo. Politizado como cuando Unamuno atacaba a Alfonso XIII, como cuando Azaña montó allí el cuartel general contra la monarquía, o cuando Moret llamando a la policía para disolver broncas. El Ateneo nunca fue un Casino ni el Club Financiero Génova. Es cultura, ciencia, literatura, música, diversión, jazz, feminismo, pintura y también política: de la buena y de la mala, que suelen venir juntas, como el solomillo con el hueso.
La historia del Ateneo enseña a desconfiar de quien quiera limpiarlo de política y devolverlo a los tiempos de los exilios, la irrelevancia o la frivolidad. El peor analfabeto es el analfabeto político que se enorgullece de odiar la política. No sabe el imbécil que de su ignorancia política nace la viuda sin pensión, el niño sin colegio, el mal juez y el mal político también, como estos que tenemos en los platós y los juzgados. No me hagan tirar de Machado que me conozco. Hagan política desde donde crean, dentro o fuera de los partidos. Cuando alguien le diga que no se meta en política, mire su apellido, mire su trabajo, mire que es porque quiere mandar. Seguir mandando. Desconfíe de los que se quejan de no ser invitados, pero cuando les abren la puerta, prefieren quedarse en el pasillo haciendo ruido. Desconfíe de quien exige pluralidad para quedarse solo.
En los jardinillos de San Roque aprendí a ser leal con los leales. A distinguir los ecos de las voces. Las voces propias y las prestadas. A que la amistad es hablar con la mejor voz del otro. Hacerlo con libertad ennoblece y sin ella, envilece. Aprendí que Arroyo tiene que recuperar su propia voz y dejar que Zapatero explique por quien hablaba él. Luis Arroyo no es una voz cualquiera.














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