Las de este año han sido una de las mejores vacaciones de mi vida. Para empezar 30 días seguidos, que hacía décadas que no se daba el caso. Más que vacaciones a esto yo le llamo veranear, que es el ideal al que deberían tender todos los agostos: No hacer nada, ni enchufar el ordenador, vamos, ni llevárselo… Los primeros 20 días me los tiré en la playa, en casa de mi madre, sin pegar ni sello. Leer, tragar helados y bañarme. En bucle. Como reservando fuerzas para la última semana, que me tocaba una boda en Marruecos, la segunda a la que voy (tuve otra en 2010).
Además de que Marruecos es un país precioso, muy diverso, lo de ir de boda es una experiencia intensa que si te gusta lo distinto es de las que te marcan, más por cuanto yendo por casas de amigos del país no tendrás las comodidades de los resorts para occidentales pero, a cambio, viajas en el tiempo y al meollo de otra cultura. A modo de símil, una cosa es Salou y otra Bernardos. Por no hablar de los precios (1€ son 10 dirhams, y esa es un poco la comparativa cuando sales de los circuitos occidentales, lo que aquí vale 10 all´á vale uno).
En Tánger, dos millones de habitantes, estos 12 años han sido para mejor. En la periferia, los barrios de favelas van dando paso a nuevos polígonos con modernos parques y plazas. Hay todo un boom del ladrillo. Barrios de bloques impersonales pero que a poco que deambulas -siempre hay que salirse de las calles principales- no tardan en deparar la imagen del Marruecos de top-manta, imposibles negocios en precario abiertos a cualquier hora, chiringuitos donde todo tipo de pinchos se asan y el té es omnipresente. Minúsculas fruterías y colmados por doquier, droguerías y ferreterías que contrastan con lo cosmopolita y elegante de los tangerinos acomodados. En Ashillah me compro camisetas de fútbol en un chiringuito que se llama “Los Béticos”.
Tras dos noches en Tánger y mil historias con los taxistas locales (desde el que conducía el taxi con la rodilla mientras con una mano se liaba un canuto y con la otra atendía al Washapp, o el que nos obligó a hacer un transbordo a otro taxi en medio de una autovía) toca ir a Alcazarquívir, que también ha mejorado (el asfalto va ganando terreno a las calles de tierra), pero mucho menos. Estamos en el interior de Larache, el Marruecos más pobre, la frontera del antiguo protectorado español y del cual aún se vislumbran vestigios. La ciudad está rodeada de pequeñísimas aldeas habitadas por integrantes de un mismo clan familiar. Allí es donde viven mis anfitriones y donde estaremos los tres días de la boda. Entre olivos y trigales que datan de la independencia; antes -me dicen- aquello era un pedregal solo apto para el ganado.
Las bodas son motivo de mil trabajos para las familias implicadas así que ejercer de chófer de las matriarcas moviéndose por la ciudad -a por vestidos, muebles, a encargar el pan, especies por sacos, a concertar músicos, a preparar la sala- te da una perspectiva que desde luego no encontrarás en los “ryads” o los complejos hosteleros para guiris. Es también un test de conducción en contexto hostil. Abrirse paso a golpe de pito, confiar en el prójimo (confiar en que frenará según adelantas el enésimo motocarro), meter el morro como gestión de preferencia… Como saben, las sociedades islámicas están radicalmente segregadas entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. Ser extranjero, en cambio, te da una ventaja brutal, y es que puedes transitar por ambos mundos con cierta naturalidad. A ojos de muchos soy “el amigo español que Hafida ha fichado de chófer”, carta blanca. Es así. Ser hombre es un chollo en Marruecos.
Las bodas son agotadoras para los invitados pero para la familia de la novia son tres días sin pegar pestaña. La anterior, la de 2012, fue una boda celebrada en la casa de mis anfitriones. Esta vez han decidido liarla a lo grande. Han alquilado un “salón de bodas” para el convite del sábado lo cual no quiere decir que no se lo tengan que currar, pues el salón, junto a un antiguo cuartel colonial español, es un mero contenedor decorado; de la cocina a la bebida, pasando por los adornos, hay que traerlo hecho.
Previamente está la ceremonia de la jena. En las bodas islámicas no interviene la religión, no hay imán de por medio, y el protagonismo es básicamente de las mujeres. Días atrás se ha suscrito el matrimonio civil con unas capitulaciones muy precisas: a qué se obliga la novia, a qué el novio, dónde residirán, situaciones de divorcio…
Lo de la jena es la despedida de la novia de su casa familiar. Una casa grande, en medio del campo y rodeada de muros con chumberas, con un enorme garaje adornado con alfombras y provisto de mesas. Allí van entrando tías y sobrinas, todas embutidas en lo que parecen lujosos caftanes cargados de pedrería, en contraste con los hombres, que van en chancletas y bermudas. El calor no parece importar. En el patio un DJ local ha montado una disco-móvil que durante toda la madrugada no para de atronar música, normalmente tradicional, pop magrebí y también algo de pop occidental por cortesía hacia la novia -musulmana segoviana- y sus amigos españoles (somos unos 15). Bailan los niños y las mujeres (y los españoles, y a palo seco, no hay alcohol), en tanto fuera, en el patio, de vez en vez, se arranca algún joven mientras tíos y demás se flinflán a té (“¡la cerveza de Marruecos!”, se jacta mi anfitrión). Yo voy cambiando mundo mujer y mundo hombre para echar cigarrillos.
Habló con los parientes españoles de la novia, y los adolescentes empiezan a llamarme el señor Marlboro, es todo lo que entiendo de lo que me dicen. En la azotea de la casa hay un equipo de cocineras y dos camareros van bajando platillos, mayormente dulces. Poca cosa pues la comida seria -pollo asado con cuscús y como croquetas de carne picada especiada- no se servirá hasta las cinco de la madrugada. Antes comparece un pelotón como del Cuerpo de Regulares con sus capas moras blancas y chilaba roja. Son los músicos que anuncian la llegada del novio y su familia. Raita -la dulzaina local- tamboriles (tebal) y címbalos a todo taco. Novio que viene con regalos, entre ellos un carnero vivo, y que hará una breve visita de cortesía a la familia. Luego lo mandan a la azotea como castigado. A eso de las tres y media, en andas sobre una caja circular, sale la novia, en el primero de sus siete trajes de novia. Le presentan al novio, que, cumplido el trámite, es nuevamente expulsado del convite refugiándose en el mundo hombre. Digamos que el ceremonial se ha completado y toca comerse el pollo; la jarana acaba pasadas las seis.
Hay que ser breve. Se duerme un poco (cada cual donde puede, a nosotros nos han reservado la típica habitación flaqueada de divanes donde te desplomas), vuelta a acarrear bártulos y trajes, y a eso de la 21:00 empieza la “boda de verdad”, que tiene mucho de exhibición de las familias de los contrayentes. Dorado por todas partes, trajes y más trajes para la novia y el novio. Hay una fenomenal banda de músicos, con cuerda, bajo, batería, percusión, teclados, vocalista y violín, que desgranan las canciones propias de cada paso del ceremonial: cuando llega el novio, cuando se le presenta a la novia, el desfile de regalos del novio, loando a los padres de la novia, a los del novio; todo tiene su guión y su timing. En los momentos estelares la banda recibe el refuerzo de otro contingente de regulares tambores en ristre, y hasta de costaleras que pasean en andas a la novia. La comida fuerte, al final. Yo bailo y hago el guiri. A veces me siento como el sudoroso alemán que se arranca por rumbas una noche en Benalmádena. En un mágico momento, un amigo del país me trae una cerveza fresca de verdad (el concepto fresco en Marruecos tiende a lo relativo) que engullo de estranjis y al tirón. Casi lloro. Es un no parar hasta pasadas las ocho de la ¿madrugada?, otra vez…
Vale. Me habré metido unas 14 horas de fanfarrias, gaitas y timbales (imaginen al citado alemán en la subida de la Virgen de Bernardos y se harán una idea), durmiendo apenas. “La próxima boda en Cándido”, le digo a Moha, que si yo estoy agotado no sé como él se tiene en pie (y aún le queda el tercer ceremonial de visitar a la hija en casa los suegros, técnicamente, la ceremonia del desayuno). “Desde luego”, me dice.
En compensación he recibido la enorme hospitalidad de mis anfitriones, y de la población en general, acogedora y amical a poco que sepas lidiar con los preceptivos “desencuentros culturales”. He ido a otro mundo que no sé si evoluciona hacia nosotros o hacia un híbrido o hacia vete tú a saber, pero evoluciona. Un país precioso, cargado de historia y con marcada personalidad, lleno de niños que juegan en las calles y comercio anárquico, gente que intenta salir adelante. He aprendido un montón y me lo he pasado genial. Ventajas del turismo desde dentro. Para conocer mundo nada mejor que los casamientos.















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