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Sospechas en un tren: Un protocolo cuestionable

El suceso del desalojo de un tren Avant con 300 viajeros en la estación de Guiomar por las sospechas de que transportara equipajes “sospechosos” quedó en una anécdota sin más consecuencias que el retraso de media hora que sufrieron los pasajeros en llegar a su destino, aunque la sucesión de hechos, en los que se mezcla el exceso de celo y quizá decisiones desacertadas obliga a revisar el caso.

Si bien, las fuentes oficiales de la Subdelegación del Gobierno en Segovia habían explicado en un primer momento a este periódico que el desarrollo de los acontecimientos —un hombre procedente de Madrid se baja a fumar en el andén de Segovia dejando sus bultos dentro y provocando las sospechas del personal del tren y el desalojo en la misma estación hasta comprobar lo inocuo de ese equipaje— tuvo lugar sólo en el escenario de Guiomar, horas después reconocía, como adelantó este 22 de mayo la emisora local de la Cope y contrastó también este periódico con la subdelegada del Gobierno, Pilar Sanz, que la historia era bien distinta y que se asumieron riesgos innecesarios.

Según la nueva versión de la representante gubernamental, las sospechas de un bulto que pudiera contener elementos peligrosos se produjeron cuando el tren ya estaba en marcha y pese a ello, se dejó entrar el convoy en la estación segoviana en lugar de detenerlo inmediatamente en cualquier otro punto de la vía alejado de edificios y personas minimizando por tanto eventuales riesgos personales y daños materiales en el caso de que los temores sobre el contenido de los equipajes hubieran sido finalmente fundados.

Los detales del suceso según la subdelegación: Un hombre decidió, efectivamente, apurar el tiempo antes de la salida de su tren fumando pero fue en el andén de Chamartín después de haber dejado sus bultos en el lugar asignado para su viaje. Tanto apuró que en vez de entrar por el acceso directo a su vagón lo hizo por el de otro coche con la intención de llegar a su asiento recorriendo los pasillos interiores de los vagones pero con tan mala suerte que llegó a un punto en el que el paso hasta su plaza estaba cortado.

Mientras, y con el tren en marcha, los viajeros alertaban al personal del tren de la presencia de equipaje aparentemente abandonado en el lugar donde habían sido depositados y se desató la alarma por el temor a que su contenido pueda entrañar algún peligro eminente. (Sanz matiza en este punto que la alarma tiene cierta lógica ante experiencias previas y la “psicosis” de atentados que hay entre la población). El supervisor del tren, al que a esas alturas ya acompañan dos policías que viajaban libres de servicio activó los protocolos de la compañía y adoptó la peligrosa decisión de mantener el convoy en marcha y entrar en la estación Guiomar antes de hacer ninguna comprobación, en vez de detener inmediatamente el viaje como parece recomendar la lógica.

Ya en la estación, en cuyo hall, a escasos metros del tren “sospechoso”, se acumulan los 300 viajeros desalojados y otro buen número de usuarios de otros trenes en tránsito, varios agentes de la policía nacional encabezados por el comisario provincial, Manuel Antonio de la Fuente, analizaron el equipaje comprobando que era inocuo al tiempo que localizaban a su dueño.

Afortunadamente, el asunto quedó en una anécdota y media hora de retraso en la llegada al destino de los viajeros aunque parece evidente que el cúmulo de decisiones marcadas por un protocolo que parece pedir modificaciones pudieron haber devenido en un suceso de proporciones mucho mayores por la cuestionable decisión de introducir en la infraestructura ferroviaria, atestada de público, un potencial peligro.

Author: Redacción

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