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Locura Competitiva

“¿Sabes cuántos kilómetros vamos a hacer esta temporada? 8.951… y eso sin perdernos entre concellos y pueblos remotos!! Vamos a hacer más kilómetros que Willy Fog”, me dice ocultando entre la ironía cantidades ingentes de desesperación el hombre fuerte de El Espinar Arlequín, Javier Martín.

Este equipo es un buen ejemplo de lo que supone en estos días abordar una temporada para un equipo sencillo de Segovia. El Arlequín se ganó con todo merecimiento una plaza para jugar en la antigua Segunda A del fútbol sala nacional, división que ahora, por este proceso futbolizante (del que yo me niego a colaborar semánticamente) lo llaman Segunda B. Y resulta que, los cráneos privilegiados de nuestro fútbol, lo incluyeron en un grupo con conjuntos de Castilla y León y… Galicia!! Toma ya…!Tú que no puedes, llévame a cuestas, que diría un castizo. Su situación es la misma que el otro conjunto segoviano de la categoría, el Cuéllar Cojalba, que se ven con verdaderos problemas para planificar cualquier desplazamiento.

Me darán la razón en que son pequeños héroes de nuestro deporte, en los que sólo la ilusión, la mentalidad competitiva, la satisfacción de conocer unas categorías interesantes en lo deportivo y el infinito amor propio por representar unos colores que les ha brindado fuertes emociones y gratificaciones personales, puede suponer el único motor de estas gentes. Porque en lo demás, el simple hecho de sentarse en una mesa, hacer cálculos, ver rutas, diseñar desplazamientos, acudir a la punta del país para competir en una categoría de escasa resonancia mediática y hacer cuentas y cuentas para cerrar un presupuesto que nunca será suficiente… si se lo plantean con neutralidad, real, objetiva y desapasionadamente… es para echarse a llorar; para dar un manotazo encima de la mesa, retirar el equipo y decir a las autoridades deportivas (in-)competentes: “Váyanse de paseo, compitan ustedes y ríanse de otros”.

No hablamos de reconocer la paliza de meterse entre pecho y espalda casi 900 kilómetros entre la ida y la vuelta para disputar un encuentro sin alojamiento, a base de bocadillos y recorriendo las carreteras de Dios en un minibus que ellos mismos han adquirido hace tiempo para ahorrarse los miles y miles de euros que se van al garete en desplazamientos, no hablamos de la dificultad de medirse en desigualdad con equipos que tienen en su filas uno o dos jugadores con experiencia en División de Honor (aunque no estén en su plenitud)… No hablamos de alabar esos sacrificios inexplicables para quien no tenga el virus de la competición inoculado; nos conformaríamos, simplemente, conque a alguien, desde algún sillón, en lugar de pensar dónde puede llevarse la siguiente dieta por asistir a alguna comisión absurda, se le cayera un poco la cara de vergüenza y dijera que esto no puede seguir así.

Pero no, definitivamente no; creo que es pedir mucho, porque, por desgracia, el deporte está en manos de ineptos, de incapaces (cuando no malintencionados) dirigentes cuya obsesión es meter cada vez más equipos para recaudar más por todo: arbitrajes, fichas, mutualidades… Cantidades vergonzantes que sonrojarían a cualquiera que no le diera absolutamente igual todas estas cosas; que humillarían a cualquiera que tuviera la capacidad (tan sólo por un minuto) de situarse en la piel de un chaval de veintipocos años, que tendrá que salir un sábado a las 10 de la mañana de El Espinar, para jugar un encuentro a media tarde en Noia y regresar a Segovia de madrugada con una paliza infernal y con la única satisfacción de haber defendido los colores de su club, de su pueblo y de su gente. Y sin cláusula de rescisión, que no hace falta, oiga.

Author: Opinion

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