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Las dos caras de Dorian Gray

El retrato de Dorian Gray es una novela de Oscar Wilde de tema conocido. Un hombre joven se deja pintar por un artista y añade un hechizo a la obra. Conservará su apostura personal intacta; solo se degradará su retrato con cada injusticia, cada pecado, cada ofensa, cada infamia.

Los últimos siete largos años, casi ocho, han degradado la política en España, abriendo un abismo entre gobernantes y gobernados. Ese deterioro del poder ha tomado cuerpo en dos trasuntos: un hombre que se acerca a la vejez y otro que deja justo atrás la juventud. Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Tanto el viejo como el joven tuvieron pericia para manejar a sus partidarios mediante la intimidación o el premio, la zanahoria o el palo. Ambos iniciaron su perdición en el momento de pisar la Moncloa. A los dos les cumple el trazo descriptivo que hace Tito Livio del cartaginés Aníbal: “perfidia más que púnica, ningún respeto a la palabra dada, ni sombra de temor a los dioses”.

Rajoy empezó su bajada a los infiernos con un simple mensaje: “Tranquilo Luis, sé fuerte, hacemos lo que podemos”. Luis era Luis Bárcenas, tesorero del Partido Popular. Cuando preguntaban a Rajoy por el oscuro horizonte al que se enfrentaba Rodrigo Rato, se refirió a su compañero de Gobierno como “la persona de la que usted habla”. Con el escándalo de los sobresueldos no negó la mayor. “Es mentira, salvo alguna cosa”. Se atrevió, y es mucho atreverse, a justificar las pequeñas cosas que pudiesen ser verdad. “¿Sueldos? Como en todas partes”. Y digo que es mucho atreverse porque esas pagas fuera de reglamento repugnan a la mayoría de los españoles que siguen pesando que en la política el mayor beneficio es ganar honra. Cobardeó de manera indigna en Cataluña. Calificó la secesión de “algarabía” y encomendó el remedio a la torpeza de la señora Sáenz de Santamaría. Cobardeó frente a la moción de censura que dejó pasar al recaudo del reservado de un restaurante, del que salió risueño y desorientado. Para quitarse de en medio estableció groseramente sus razones. “Es lo mejor para mí, para mi partido y para mi país”. Ni siquiera tuvo empacho en disimular sus prioridades; claramente lo primero es lo primero. Fuese y no hubo nada. “¡Qué viva el vino!” Y poco más.

En cuanto al hombre joven, cruzó un diálogo premonitorio con su antecesor. “Usted no es una persona decente”, le espetó. El hombre casi viejo se soliviantó. “Es usted ruiz”. Quería decir ‘ruin’ pero se trabucó. No sé cuánto de indecente o de ruin habrá en el uno o en el otro. Pedro Sánchez dejó atrás la compostura en sus últimas apariciones parlamentarias. Se sale de quicio si alguien no le baila el agua. Es propenso a soltar impertinencias. No suele contenerse, embarullado por la desaforada admiración que él mismo se profesa. No le gusta persuadir; prefiere humillar.

Decía Ernst Jünger que no había que descender a nada, y tampoco a la polémica. La cara joven de Dorian Gray rara vez asciende desde el barro y la trifulca. Vuelo corto, de gallinácea y no de águila. Asaltó la presidencia del gobierno aupado por Podemos, el inevitable PNV, los independentistas catalanes de Pujol, Torra y Rufián, el equipo al completo, y las sombras espectrales de los antiguos etarras corporeizadas en Bildu. No faltó nadie para el abordaje. En vez de convocar elecciones inmediatas, Sánchez remoloneó a su pretendido provecho. Colonizó instituciones como el CIS y la Televisión Española. Fue a las urnas cuando le dijeron que así le convenía. Tras el resultado, un logro modesto, declaró a Podemos “socio preferente”, insultó sin tasa a quien le negó su apoyo, halagó a los nacionalistas e independentistas. No cuajó el enredo. Entonces proclamaba: “Haz que pase”. El amargo cáliz, supongo. Poco después, le cabe la desvergüenza de puntualizar: “Ahora España”. No precisa por qué en su momento, breves meses antes, España no tocaba.

Cuando Ulises regresó a Ítaca, ultrajado por los azares de la travesía, solo le reconoció su perro. He leído que Sánchez tiene una perrita, Turca se llama. Un día de estos, cuando Sánchez vuelva de rendir pleitesía a Torra, de animar a los suyos a que cocinen con Otegui manjares y ayuntamientos, de intercambiar empalagosos elogios con Rufián, no es que Turca no le reconozca, es que le va a gruñir. Decía Tito Livio sobre Aníbal: “ni sombra de respeto a los dioses”. En este caso diríamos: “ni sombra de respeto a los españoles”. Eso es lo que une a Sánchez y a Rajoy. Oportunistas roídos por la ambición, pasto fácil para aduladores.

Dorian Gray es el poder descarnado, ajeno al servicio de la ciudadanía, consumido y consumado en sus propios apetitos. Es el poder que solo satisface a quienes lo ejercen. Los retratos, las caras de Dorian Gray, los lienzos o el selfi muestran esa estampa mendaz, torva y egoísta. En un hombre casi viejo en un hombre casi joven. No debemos murmurar “a lo mejor”, porque estamos en lo peor. Pero sabemos que todo tiene un límite y lo peor también. Rajoy no volverá a ser presidente del gobierno y Sánchez está a punto de dejar de serlo. Dorian Gray, con todas y cada una de sus caras, pronto quedará en un mal recuerdo.

Author: Redacción

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1 Comment

  1. Una pregunta, Sr. Calvo: cuando haya perdido su escaño por Segovia ¿se mantendrá en la provincia, o se marchará a otros lares?
    Y una reiteración: ¿qué opina de las tribulaciones político-sentimentales y empresariales de su compañero subalterno ALFONSO MARTÍN?
    Esas son las cosas que me interesan de usted, querido amigo.

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