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La llorona

¿Pasará en otros sitios? Los políticos españoles han hecho del arte de llorar una curiosa variante del arte de gobernar. Desde Monago a Mas, pasando por presidente de Madrid; a llorar. De León de la Riva a Arahuetes, todos a llorar.

Dice Arahuetes que nadie le recibe, que él lo intenta pero nadie le ayuda en los “más de cien proyectos” que quiere que la Junta le pague. Dice Monago que Extremadura está maltratada. Dice Mas, Catalunya ens roba. El de Valencia, el de Madrid, el de Valladolid. Todos a llorar como cabrones. ¿Recuerdan al niño asqueroso del colegio, ese que cada día después del patio corría a las faldas de la “seño” a desgranar el rosario de desgracias (Tal me llamó gafotas, Pascual me quitó el sitio en la fila)? Un verdadero hijo de la gran puta, era… Pues hoy sin duda es presidente de una autonomía o cosa así.

Lo peor es que hay gente que les compra la moto. “Tiene razón, el pobre, si es que no lo reciben”… ¡Cuentos!

Recientemente, en acueducto2.com publicábamos la lista de municipios morosos (y virtuosos, que también los hay). Hay una reflexión de un alto cargo de la Diputación que se me quedó clavada… “muchos alcaldes creen que para ganar elecciones en sus municipios debe haber movimiento. Lo peor es que los hechos les dan la razón”. ¿Qué movimiento? Da igual, plazas de toros, piscinas climatizadas, CATs o campos de polo… No importa la racionalidad, no importa la viabilidad… Solo importa que mediáticamente esté bien vendido el rollo. Que la gente flipe. El alcalde sobrio, el que vela por una correcta gestión de los recursos, que el municipio no se endeude, que el gasto público sea el mínimo indispensable, que los impuestos (¡por el amor de Dios!) no sigan subiendo, es castigado en la urnas. El alcalde festivalero, en cambio, al que no le duelen prendas en multiplicar por 300 el número de enchufados (a fin de cuentas, nóminas de fieles que vinculan su futuro laboral al futuro del político), el que expande el gasto bajo la excusa de “mejorar servicios”, ese triunfa. El populismo, la maldición de este país.

Pero llega la crisis. Esa manera de gobernar carece de sentido. En un contexto en el que hay una brutal bajada de los ingresos fiscales no queda otra que priorizar gasto. Hacer más con menos. ¿Y qué hace entonces el alcalde llorón? Pues llorar. Como su concepto de la política es “que se vea movimiento”, como no hay dinero, carga las culpas sobre otro.

Y España es el país perfecto para eso. Un lugar en el que convergen hasta cinco niveles competenciales. Un lugar en que todos tenemos competencias para todo (y sino, nos las inventamos). Se abre la puerta a la llorera. “Yo lo haría, pero es que la “seño” pasa de mí”.

Este año hay que recomponer el verdadero cáncer de la estructura política española: la financiación autonómica (que comporta, de pasada, la municipal). En nuestro curioso país los que tienen el núcleo duro de las competencias son las autonomías, pero no se han ocupado jamás de buscar una correcta financiación de las mismas. Resultado, hospitales sin viabilidad, escuelas que se pudren abandonadas en el campo, aeropuertos… Más CATs… Frente a eso, el llorón profesional solo tiene una respuesta, ir a la instancia superior a mendigar.

Ciertamente, hay muchos estilos de mendigar. A lo Monago, decir “que nos lo debéis por historia”; a lo Mas, amenazar con abrir la Caja de Pandora; a lo chulo madrileño, “ya está bien de pagar y no recibir”; a lo Junta de Castilla y León, “es que Castilla es muy grande”; a lo Arahuetes, “no me hacen ni caso”. Hay muchos estilos pero al final, es como el repugnante llorón de la escuela, la escenificación es idéntica; concurrir ante la “seño”- electorado como la víctima, cuando en realidad has sido el agresor, el problema, el malo… Para darte pisto, no has dudado en pisar a tus compañeros, para subir ante la “seño”, no dudas en culpar a los demás de las desgracias que tu mismo creas. No te extrañe si un día al salir de clase…

La llorona es un mito del folc hispanoamericano. Hace muchos, muchos años, una mujer asesinó a sus hijos en un arrebato de locura, cuando recuperó la cordura, se tiró al río y se ahogó. Desde entonces vaga por el ancho mundo como alma en pena. No suele dejarse ver. Simplemente oímos de fondo su llantina insoportable, eterna, desquiciante. Dice el chamán, para verla hay que frotarse los ojos con lágrimas de perro. Pero cuidado, su espantoso aspecto dañará nuestra alma para siempre.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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