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La atractiva sobriedad de los Secretos

¿Cuántas canciones emblemáticas de Secretos podría enumerar e incluso cantar —ya sabe, como le gusta a usted, acompañado con ese simpático movimiento de cadera— su estribillo? Seguro que son muchas que la trayectoria del grupo se mide en décadas y los “grandes éxitos” grabados a fuego en el cerebro de varias generaciones, unos repletos de alegría juvenil, otros de amores y desamores, algunos de profunda tristeza y varios de introspección, reflejo de la propia historia de la banda y sus vicisitudes, se cuentan por decenas, tanto que uno no se plantea que puedan darse sorpresas sobre el escenario.

Y así pasó en La Granja, en el último espctáculo del Festival de las Noches Mágicas, donde la banda de Álvaro Urquijo, Jesús Redondo, Ramón Arroyo —un guitarrista impecable y con ese halo de músico a lo suyo, sin más condimentos— con Juanjo Ramos y Santi Fernández ofreció un espectáculo sobrio, muy parecido al que muchos de los incondicionales que ya han visto antes a la banda  han podido presenciar en los últimos años. Y sin embargo, capaz de atrapar al respetable mediante un poderoso vínculo durante los cien minutos de espectáculo.

¿Le parece poco tiempo? Pues cupieron 33 canciones, dos bises de tres y dos temas, respectivamente en las que entraron todos esos temas que asaltan su mente en este momento. Álvaro Urquijo —no le quiero contar la banda— no es un showman, no pretende ganarse al público con charlas. Simplemente ofrece música y letras en formato original. El cantante tardó cinco canciones en dirigirse al respetable y lo hizo para presentar a un miembro de la banda —el resto fueron recibiendo la lacónica mención a lo largo del espectáculo— o para hacer referencia a las canciones de estructura coincidente pero distinta letra (Ojos de gata), o la misma (Por el bulevar de los sueños rotos) que Secretos comparte con Joaquín Sabina, recordar a su hermano Enrique “Secretos no sería lo que es hoy sin las canciones que hizo entonces”, sacar la lengua a las multinacionales del disco entregando al público la única autoría del fenómeno de Pero a tu lado o acabar recordando su infancia “cuando mis hermanos no me dejaban ir con el grupo” antes del cierre definitivo con Sobre un vidrio mojado.

Si eso pasaba en el escenario, el formato del recinto tampoco ayudaba mucho a que el público participara con la entrega debida en las invitaciones a cantar o bailar que ensayó el cantante en ocasiones. Todo el espacio frente al escenario de las Noches Mágicas estaba configurado a base de palcos y filas de sillas. Si la banda no es un cascabel en cuanto a la expresión de la alegría contagiosa de la música y el público parte de una silla en la que corres el riesgo de que si te levantas alguien puede quejarse porque no le dejas ver (estilo de concierto segoviano, ya sabe) ya supondrá que baile, lo que es baile, no hubo demasiado. Para colmo, el público que estaba de pie ocupaba los laterales, tras las vallas que delimitaban el patio de butacas. Demasiado lejos, demasiado frío. Así no hay quien se suelte por muy bien que lo estuvieran pasando.

Por no concluir este relato sin sacar una pega al espectáculo cabe apuntar unos primeros instantes de sonido confuso corregido rápidamente para llegar a la limpieza y claridad que caracteriza a Secretos y la pertinaz presencia de los pipas (ayudantes) en el escenario con un trajín de instrumentos poco comprensible. El resto, los Secretos en su salsa demostrando por enésima vez que los años sólo les han aportado solvencia y no les han quitado casi nada como músicos.

Author: Redacción

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