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De Roja a sonrojada

Uno de los muchos defectos que tenemos los españoles es el manifestarnos permanentemente en contra de casi todo y todos. Incluso de quienes se convierten en referentes culturales, sociales o deportivos y han conseguido hacernos salir a la calle con el pecho y el corazón henchidos de orgullo. Con la selección española de fútbol ha ocurrido un nuevo capítulo de esta filosofía de vida basada en la crítica permanente y sin fundamento, para (cuando vienen mal dadas) recuperar aquello tan cainita de “ya te lo decía yo”. ¿A que les suena y han visto recientemente esta imagen? Ese tipo, ciudadano medio, probablemente frustrado por las miserias cotidianas, siguiendo un encuentro de la selección española en la pantalla de un bar cualquiera, acodado en una barra –caña o cubata en mano- y despotricando constantemente sobre las evoluciones de nuestros jugadores y las decisiones técnicas a la mínima que se tuerce la cosa. Muy probablemente habrán aderezado el duelo con constantes comentarios sobre la ausencia de testiculina de los jugadores, su supuesto desapego a la camiseta y por su amor desmesurado hacia el dinero y las primas.

Eso sí, como termine el choque y resulte que salimos victoriosos… será el primero en agarrarse nuevamente a la bandera, no sin antes regalar humillaciones y menosprecios a los rivales.

Pasamos sin tiempo de espera, sin un tránsito reflexivo lógico, de una locura a otra. De agitar banderas, llenar balcones, coches y oficinas de símbolos patrios a aborrecer cualquier símbolo que nos vincule con ello; de gritar a pleno pulmón hiperbólicas manifestaciones de incondicional amor patrio del tipo: “Yo soy español, español, español…” o “Soy español, ¿a qué quieres que te gane?”, a la pesadumbre y el derrotismo absoluto, sin sala de espera. Siempre con reflexiones a bote pronto, a corto plazo, sin una mirada amplia y sosegada.

Porque a todos nos ha dolido la derrota de los chicos de Del Bosque y, sobre todo, la forma en la que se ha producido en la cita mundialista. La eliminación en primera ronda entraba dentro de lo posible, pero realmente se asomaba como algo impensable con el bagaje con el que aterrizábamos. Aun hoy en día es difícil de explicar cómo este grupo, campeón del Mundo y bicampeón de Europa, que hace unos meses conquistaba el billete para esta Copa del Mundo de forma admirable ganando en París a Francia, se ha podido derretir de la forma que lo ha hecho en apenas 180 minutos. Pero esto es deporte y los estados de forma, cambiantes y también encadenados de una u otra forma a factores como lesiones, hundimientos, emociones o liderazgos… tienen mucho que aportar.

Siempre tiene que haber espacio para la crítica, para el análisis de los actos, decisiones, opciones y medidas por las que se optó, pero quizá se imponga la contención, la mesura en la lectura de lo acontecido, despejando por un lado los imponderables, por otro los contratiempos conyunturales y dejando como objeto de la verdadera voluntad de cambio el meollo nuclear, estructural, la razón más profunda que nos hizo naufragar. Es duro caer en la primera fase, cierto, pero lo es menos sabiendo que nuestros representantes pertenecen a un grupo referente, admirado, honrado y con el que empatizamos durante seis años, cuando nos convirtieron -un evento tras otro- en los mejores del mundo, defendiendo un método, una idea, una forma de proceder y, sobre todo, más allá de los apabullantes éxitos la defensa de una filosofía de juego maravillosa.

Author: Opinion

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