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Cuitas del segoviano putativo en puente

Orientales en la taquilla del Alcázar, planeando la jugada.

Orientales en la taquilla del Alcázar, planeando la jugada.

Parece que las aguas vuelve a su cauce. A los segovianos putativos nos suele pasar que llegada la Semana Santa se te planta en casa algún colega y familia. Y es sacrosanto deber del correcto anfitrión encarnar al exacto cicerone de las bellezas patrimoniales, lúdicas y gastronómicas. Con los años uno ya ha madurado tres niveles de difusión de Segovia. El nivel avanzado suelen ser visitas recurrentes, que ya han pasado por los niveles básicos y andan centrados en el asado de Sacramenia o superior (si lo hubiera), el Dyc 8, y a todo lo más, una excursión por la Segovia profunda modo antropológico a algún sitio paranormal de los que gusta el colectivo Veracruz para sus exposiciones. El nivel medio contempla comida campestre por el Pirón, vuelta por Pedraza, Riaza, Coca o Cuéllar y visita a algún taller en franco peligro de extinción. El básico es el tour por Segovia. Primer día raciones, plaza y acueducto, segundo día Álcazar y alameda con ensalada y cochinillo. Felizmente, queda ya superada la fase de Segovia pre-escolar, coincidente con Titirimundi, fechas en que al segoviano putativo le tocaba reservar primera fila para 7 párvulos en el teatrillo de la plaza Medina del Campo, en dura lid contra abuelos del Carmen, una sección armada de foto-aficionados de Móstoles y el recurrente chino inexcrutable capaz de fracturarte la muñeca a la menor invasión territorial (los cabrones parecen poca cosa pero tienen el kung-fu en los ribosomas).

Esta vez tocó el básico, en pleno puente, con la ciudad petada, momento en que el papel de cicerone toma ribetes virgilianos, por aquello de guiar visitantes por el Infierno. Sepan que uno es un profesional en esto. Primero mando a la niña a buscar mesa en la terraza. Luego me planto en la barra del bar arrollando, como si me hubiera criado en la mismísima bodega del establecimiento, con tanta seguridad que hasta los madrileños me abren pasillo. Con autoridad pido siete cañas y cito de memoria los pinchos que deseo con el deje segoviano que no admite vacilaciones, sin olvidar adjetivar, “quiero dos buenos-pero-buenos pinchos de torrezno de careta, dos cazuelitas de lengua colmaditas pudiendo ser, y tres de patatas con chorizo, ehhh, del que pica, no la vayamos a liar, ¿lo tienes majo?”. Lo hago tan bien que lo normal es que el madrileño que va detrás, llegada su vez, suele decir: “quiero lo mismo que ese señor”.

Bueno, a lo que voy. Para lo de “Segovia y sus raciones” aparco cerca de la UVA. De ahí voy voy aclimatando el cuerpo a la altura en estratégicas tabernas hasta la plaza. Coronamos a golpe de morrete en el Figón o el nuevo Duque y aún con cierto sentido del equilibrio, afrontamos la peligrosa bajada del Postigo. Más cañas con fritos y vuelta para casa. Fácil.

Lo tremendo es el sábado. Ese día sé hay que dar lo mejor. Lo primero reservar antes de las 11 y aparcar en San Marcos. Empieza la peliaguda ascensión por la cueva de la zorra. Esta vez, además de mis invitados, recluté a una pandilla de madrileños, a los que descubrí el atajo (ellos dudaban) y dispuse en la retaguardia, de forma y manera que de fallarme el talón, encontrar en la caída la tripa de un taxista de Las Rozas (siempre mejor que caer sobre los cantos).

Sofocado como un sueco en Mauritania llegué a la ventanilla del Alcázar. Son siete euros para foráneos y uno para el visitante segoviano. Eso mola. Venía yo algo desentrenado, confíaba en que el pase segoviano no alcanzaba para la ascensión por la torre, pero no es así, ahora con el pase ya se puede (y ahí están los comentarios para el que desee aclarar que siempre se ha podido), la cuestión es que yo confiaba en que no. Y el caso es que había gente a mares, de suerte que los conduce-madrileños ya te dirigían primero a la torre, con paradas para regular el tránsito subida y bajada. Y lo que toca, en este caso, 156 escalones a rebufo del sobredimensionado culo de una jubilada de Baeza pegado a seis milímetros de tu jeta. Y tú rezando a la Fuencisla, madre protectora, que no se resbale esta señora que nos morimos siete…

Cumplido el trámite alpinista, visita al mercadillo, por ejemplo al del colegio de arquitectos, y cochinillo. Me gusta el cochinillo bueno-bueno… Pero me lo reservo para actos oficiales, básicamente, la comida de la prensa en José MaríaCándido o alguna historia pseudo oficial… Suelo trasegar unos cuatro al año. Eso y que ando castigado del esófago me sugieren decantarme por cosa más light, tipo bacalao al ajo arriero (que lo disfruto como un niño). Mis huéspedes no, claro… Ellos han venido por lo que han venido.

Esta vez no tuvimos mucha suerte. Con la crisis, muchos establecimientos se han abonado al cochinillo low-cost, menú de humilde revuelto más tostoncillo más vino y postre, 15 euritos… En los buenos tiempos la historia salía por 40 por barba (dándose bien). Lo malo es la masificación, tenía pedida mesa a las tres, pero empecé a comer a la cuatro menos veinte, con los niños ya en plan nihilista y mi colega, con más razón que un santo, rilando de indignación buscando al maitre por los rincones más oscuros de la posada en plan presidente de la comunidad de vecinos persiguiendo al del seguro. Chungo. Luego, bien es verdad, se deshicieron en atenciones, perdones y mil lamentos. Es lo que tiene el low-cots, me digo, filosófico. Por cierto, el cochinillo nada malo, que por las cifras barajadas no es poco.

Mercadillo en el colegio de Arquitectos.

Mercadillo en el colegio de Arquitectos.

Y hasta ahí. Soy cicerone de media jornada. No entiendo como los chinos pueden tirarse la mañana en Segovia, seguir por Ávila y acabar en Salamanca sin reventar de extenuación por alguna cuneta castellana. Ya les digo que yo no podría ni entrenando. De manera que vuelta rápida para casa, plantar las tumbonas en el jardín y reposar los jugos. Ya a la tarde, suave paseo por La Granja, pizza para ocho en el Dumbo y a otra cosa.

No hubo quejas. Si críticas constructivas. El Alcázar debería dar más de sí. La gente ya entiende que hay que pagar pero siete euros se antoja mucho para una mera visita. El museo está mal amontonado y en las salas del castillo faltan cartelas explicativas por doquier. Entiendo que vale, que el negocio es la audioguía o la visita guiada, sé que las pinturas historicistas no tienen mayor gracia. Pero el Alcázar es historia viva. Aunque no muy allá, en las pinturas podría colgarse alguna indicación, un dato, la anécdota que todo lo ilumina. Del museo ya no habló más. Hace poco propuse montar una avenida de la artillería en los jardines. Con los M40, los obuses y los TOAs bien aparcaditos. En esas ando. Hay que dar más espectáculo.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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