web analytics

Ya llevo yo mi maleta

Siempre quise ser eurodiputado con mi escaño asignado en la Parlamento de Bruselas y mire por donde, casi lo tengo ya y sin pasar por el tedioso trance de las urnas. Bueno, en realidad me he apalancado en plan ocupa en la tribuna del público, esa que enseñan a los visitantes, agarrado como una lapa a la silla mientras los amables empleados tratan de invitarme a salir de una vez tras tres días de tira y afloja. Ojo, no vale hacerse el loco con los idiomas, que los muy listos hablan seis o siete, incluido el endiablado flamenco de esta ciudad absurdamente bilingüe. Me río yo de los rollos que nos traemos con los catalanes, vascos y gallegos.

Si, a mí también me ha atrapado la huelga de los maleteros ­­–servicio de handing en el idioma de los aeropuertos- de Zaventem (aeropuerto Bruselas-nacional, 25 millones de viajeros al año) en medio de la capital belga. Me pasa por listo que si hubiera hecho lo que hay que hacer en la festividad de San Frutos me habría ido al Corte Inglés de Princesa, habría paseado hasta Sol bajando por Preciados y a la hora de la cena, en casa. Pero no, se me ocurrió la brillante idea de viajar a Bruselas en vuelo barato y aquí me tiene: hasta el gorro de la Gran Place, que al principio me pareció hermosa, del Atomiun (qué feo, qué insulso) y del niño meón ese al que una vez vistieron de segoviano que hasta tiene réplica de niña meona unas calles más allá. Tiempos de igualdad. Y encima aquí no para de llover y huele a gofre por todas partes. ¡Puñetas!

Segovianos atrapados en Bruselas. Antena 3.

No me consuela, para nada, la riada de españoles -donde usted esté siempre habrá un español y varios segovianos- que me cuentan su epopeya. Los casi treinta teatreros de Fuentepelayo y su periplo, calcado al mío, sólo que ellos volaban con Iberia, igual de ineficaz en las respuestas que mi operadora irlandesa y que a ellos les sacan en la tele y les echa una mano la entidad bancaria. También está mi amiga, esposa de funcionario, que logró llegar aquí el sábado pero que no se ha mudado desde hace cuatro días porque su maleta de bragas anda por ahí perdida, no sabe si en España o en Bélgica. Otra amiga que tenía que estar en Segovia hace dos días y sigue aquí mientras su hija, a la que no ve hace semanas, ha agotado ya todas las latas que quedaban en la despensa y acumula toneladas de necesidad de amor de madre mientras esta mira impotente la tablilla de vuelos cancelados. O esa pareja tan simpática que venía con la pasta justa –yo no, yo trabajo en acueducto2.com y estoy tirando de la tarjeta de empresa con la soltura de un diplomático con dietas como puede suponer- a la que la compañía aérea le ha dicho que adelante gastos y a la vuelta venga con las facturas del hotel y ya hablaremos…

La situación, en todos los casos, es esta: tras mirar de reojo desde el viernes los informativos locales que hablan de una “huelga improvisada de los maleteros” y de “vuelos cancelados” pero convencido de que será una cosa pasajera porque, leche, hablamos del aeropuerto internacional de la ciudad que alberga a Europa y su burocracia, que pensaba yo que no se podía permitir ni un día de cancelaciones masivas de entradas y salidas de aviones. Van para una semana.

Total, que una buena mañana, cinco o seis horas antes de tu vuelo, la compañía de turno te manda un mensaje: “su vuelo ha sido cancelado”. Y tú te dices “Bueno, me reubicarán en otro avión o me llevarán a otro aeropuerto. Un leve percance de unas horas”.

¡Ja! No amigo. La respuesta más corriente de todas las compañías aéreas ha sido simple y llanamente un “búsquese la vida” y eso incluye que tú te pongas a mirar como loco como está la cosa en otros aeropuertos –hablo de París, Amsterdam, Lille, Londres… Todos en el quinto cuerno– busques un vuelo que te lleve a Madrid desde allí se lo cuentes a tu operadora, que te dirá que muy bien, que te marches hasta el aeródromo que elijas como puedas, y ya hablaremos de indemnizaciones, si se diera el caso, o bien, que cojas la pasta de la devolución del billete –“se lo reembolsamos en unos días”- y sigas buscándote la vida, o que esperes pacientemente y te apuntes al próximo vuelo previsto desde aquí, que estos de las maletas ya se cansarán de no trabajar, o no, ya veremos. Lo dicho: “a mi qué me cuenta”. Segovianito desvalido.

Grand Place, Bruselas.

Y los tíos no se cansan, que aquí se lleva ritmo belga y eso implica que se negocia en horario comercial –nada de maratonianas jornadas nocturnas de esas de “aquí no se mueve nadie hasta que tengamos un acuerdo”- y si a las ocho de la tarde no hay entendimiento, se cierra la mesa negociadora y ya, al día siguiente, a las 11.00 o así, vuelven a empezar. ¡Seis días llevan “negociando”!

(Pausa para el dato importante: Bélgica es un país en el que cualquier cosa, desde una obra en la calle hasta el trabajo de  los cajeros del supermercado o los camareros de bar, pasando por la recogida de basura -dos días a la semana y en horario matinal, con las bolsas en la calle, sin cubos- o una negociación de una huelga que atrapa a miles de viajeros, se hace con irritante parsimonia y hasta vaguería. Lo del europeo currante es una mentira bien gorda aquí y España y hasta Segovia son un modelo –sí, si, como lo oye: un modelo- de eficacia en el trabajo. Que lo sepa).

Así andamos. En mi caso, tenía vuelo reservado para este miércoles (el aplazado del anterior) pero según he llegado a este párrafo me ha entrado el maldito correo electrónico: “su vuelo se ha cancelado”, porque llegadas las ocho de la tarde se han ido a cenar sin acuerdo. Me dicen que si quiero reservar un vuelo para el viernes pero creo que aplicaré el plan B: tren a Amsterdam (dos horas largas), billete alternativo que no tengo garantizado aún con salida tres horas después, y regreso a Madrid, donde ya he visto que hay anunciada también una huelga de trenes… Con suerte paso el fin de semana en casa. Estoy con amigos, todos en el mismo trance y tenemos dedicadas a las operaciones de reservas, anulaciones y compras seis móviles y una tablet al mismo tiempo. Chico, que estrés.

Mi amiga, la de la ropa interior perdida, dice que se baja en coche (18 horas por carreteras, todas de peaje que ríase usted del sablazo del túnel de Guadarrama) y la de la hija hambrienta espera como yo con los dedos cruzados que el periplo por los Países Bajos, similar al mío, no reporte más sorpresas.

La ironía de todo esto es que me vine a este viaje sin maleta, sólo con una bolsita de mano de las que cabe en el chisme ese que ponen a la entrada del embarque, sólo para ahorrarme gastos de facturación y no dar trabajo innecesario a los del handing… Pues que sepan esos señores que a partir de ahora pienso viajar a todas partes con dos baúles de los grandes, como los de la Piqué y que el maletero de turno arree. Se van a enterar, hombre.

¡Sáquenme de aquí!

Author: Fernando Sanjosé

Segovia (1967). Periodista.

Share This Post On

2 Comentario

  1. Pásese por Waterloo, a ver si el Gobierno de la República Catalana le puede echar una mano 😉
    P.D.: siento el trastorno y la peripecia que están pasando.

    Post a Reply
  2. Lo que está claro es que Bélgica, a parte de tener inmerecidamente el Parlamento Europeo, es la jaula de los chimpaceses. Los flamencos, los maleteros y los jueces… vaya tropa de impresentables.

    Post a Reply

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *