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¿Vivimos en una dictadura?

¿Qué ha podido pasar para que en un mismo espacio temporal la sociedad se fracture de un modo radical? ¿Qué mecanismos operan en nuestro cerebro para lo que uno ve blanco se convierta en negro a ojos de un amigo, un tipo como tú, con similares vivencias y conocimientos? ¿Cómo es posible que ante un mismo hecho unos lo interpreten como la prueba definitiva de que viven en una dictadura fascista en tanto otros lo ven como el fortalecimiento de los cimientos democráticos del país?

Hace poco largaba yo sobre lo bueno que es la diversidad de puntos de vista del mundo. Lo diverso enriquece. Es así que gracias a un muy buen amigo, un reputado científico socio de ERC desde la adolescencia, obtuve la respuesta: “La perspectiva de cómo de legítimo es que te arreen ostias, Luis”, me dijo. Mi amigo vive en una legitimidad y yo en otra legitimidad. Desde mi perspectiva  la represión es hija de la legítimidad, visto desde la perspectiva del colega, no.

¿Cómo se llega a eso? En una primera acepción legítimo es aquello en consonancia con la ley, y es claro que mi amigo no va por ahí. La segunda acepción, en cambio, es la que atañe al caso: “Acorde con lo que se considera justo y razonable“.

Aquí empieza la burbuja de significados. La razón es como un árbol; de un tronco parten las ramificaciones. Así que hay que remontarse al punto en el que las ramas se separaron y lo que se considera “justo y razonable” dejó de ser, no ya un espacio compartido, sino un espejo que arroja una imagen invertida según el lado que mires.

Para lo que nos ocupa, ese momento fue el día en que “el derecho a decidir” se convirtió en principio fundacional del nuevo nacionalismo.

Técnicamente, el derecho a decidir es un argumento-fuerza, insight en pedante, que asume diferentes formulaciones. Es el “volem votar”, o más persuasivo, “son los catalanes los que deciden el futuro de Cataluña“. ¿O como le digo yo a uno de Palazuelos que no, que el futuro de Palazuelos no depende de lo que quieran los de Palazuelos? Me mirará ojiplático y pensará: estos filósofos, retorciendo las palabras para tener la razón de su lado.

Pero la diversidad enriquece. Desde hace muchos años debato con los indepes y he aprendido, también, a revestir de insights mis argumentaciones. Cuando lo que pretendes decidir me influye directamente, votamos los dos. Tú no tienes derecho a decidir por mí. Y la soberanía territorial es un buen ejemplo de decisión compartida: tú no tienes derecho a decidir unilateralmente en qué partes de mi país puedo ejercer la ciudadanía y en qué partes no. Pues este país, imperfecto como cualquier otro, se ha construido entre todos y para todos. Con coches producidos en Barcelona y electricidad generada desde pantanos oscenses.

Justo es reconocer que en Cataluña el argumento contra el derecho a decidir no ha tenido ni la mitad de la fortuna que el Volem Votar. Ya se han encargado los medios nacionalistas de ningunearlo, ridiculizarlo, matizarlo. No se puede tolerar discutir la premisa de partida porque entonces todo el castillo se desmoronaría. Así, si se da por válido que yo tengo derecho a decidir y el Estado no me deja hacerlo, ese Estado tiraniza. Ha perdido la legitimidad. Es una dictadura.

Manifestación por la liberación de los consejeros presos preventivos.

Desde el “lijado constitucional” del Estatut de 2004 la rama divergente no ha hecho sino crecer, bien nutrida por una crisis económica, el descrédito de las partitocracias y las retóricas oficiales. Hay más cosas, claro. La catalanofobia madrileñista de un hatajo de liberal-paletos con cierta influencia en el sector duro del PP y Ciudadanos. El despliegue de las redes sociales y la viralidad. El chauvinismo igualmente paleto de una sociedad, en el fondo supremacista, encantada de conocerse. La crisis de la socialdemocracia. La esquizofrenia de un país dirigido por un partido que en Cataluña apenas tiene el 8% de los sufragios. Nada en ciencias sociales responde a una causa única.

Pero a veces y lamentablemente la ideología dicta que sí. En filosofía lo llamamos fundamentalismo: ideas embrionarias que van desarrollando un corpus ideológico. El integrismo religioso o el nacionalismo (tanto da el español como el catalán), por ejemplo. Pero hay más, la convicción de que el marco constitucional fue impuesto a una sociedad asustadiza por 40 años de franquismo. La convicción de que el marco constitucional es sagrado. Todo son integrismos perversos que deslegitiman al otro. Pantanos verbales.

Debo a la filosofía que un cierto formalismo pragmático me inmunizara de las ideologías mono-embrionarias. Mi ideología no tiene plasmación política ni legitimidad para ser impuesta a los demás. Es mía y de nadie más. Entiendo que la política es mejorar la condición humana como buenamente se pueda. Buscar la estabilidad y el progreso.

Aunque me conformo con no ir a peor. Cuando veo que la Agencia Europea de Medicamentos descarta Barcelona como sede y se pierden mil empleos de la más alta calidad; cuando veo que 2.300 empresas corren a radicarse fiscalmente fuera de Cataluña; cuando veo que la sociedad se divide en “buenos y malos”, “catalanes y fachas”… pienso: pena de país, mierda de ideologías.

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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2 Comments

  1. En mi época, cuando nunca se ponía el sol, cuando la globalización de ahora ya existía y pocos se encontraban al margen,
    algunos luchan por estar fuera.
    Mientras stephen-hawking aconseja viajar a Alfa centauri.
    Seguro que allá seremos todos iguales.

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