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Todos tranquilos

Nueve años, nueve, lleva Segovia presentando a la opinión pública una estadística descendente en la tasa de delitos que, cada vez más someramente, nos exponen los representantes gubernamentales en fechas como los días de celebración de los distintos cuerpos policiales. Este dato de los nueve años lo dio en octubre, durante la fiesta de la Policía Nacional, el comisario jefe y ya decía entonces que mientras dure la racha presumirá de ello y también de que aquí no hay homicidios ni robos con violencia en las casas… Eso sí, ese día los servicios de prensa de la subdelegación del Gobierno pasaron los discursos a las redacciones pero ni un dato estadístico comprobable.

Mi problema es que soy un poco escéptico —y me ayuda mucho lo difícil que se pone para los informadores acceder a datos oficiales, globales o puntuales, de las actividades policiales— y creo que esto no es siempre una balsa de aceite. Ojo, no me entienda mal que lo que digo es que somos una ciudad como cualquier otra y que malos, haberlos, los hay, y de nada sirve ocultarlos.

Hay tipos, por ejemplo, como A.A. ese hombre que entró el otro día en una tienda y le dio un tajo en la cara al dependiente de una frutería. Ambos protagonistas son árabes, reflejan rápidamente las fuentes oficiales —ante las preguntas por un hecho innegable ocurrido a plena luz del día, en pleno centro— como para rebajar el miedo del personal, que la tranquilidad sólo se altera por los de fuera, me parece entender en el hecho de subrayar que los implicados son marroquíes. Y añaden que el tipo está identificado y que en un rato le tendrán en comisaría… Siguen buscándole a estas horas aunque sé que le pillarán.

Y es que el tal A.A. —un chaval de veintipocos— además de un viejo conocido de los Servicios Sociales e inquilino de varias casas sociales en los últimos tiempos había estado justo el día antes en la comisaría. Prestaba declaración por haberse resistido a la policía cuando acudieron a un domicilio de la calle San Gabriel a “devolver” a un menor que vagaba por Vía Roma en pijama bien pasada la medianoche. La madre —esta es española, de aquí de toda la vida, de sus veintipocos años— estaba encerrada en un armario de su domicilio, aún se trata de aclarar por qué, aunque en la denuncia se la acusó de abandono de menor, siempre según fuentes “no oficiales”, claro.

Le cuento el suceso para que tenga el cuadro, hasta donde llego, de otra historia que sólo se  contó a medias, del mismo modo que se da escasa cuenta del alto número de intervenciones de las policías nacionales y locales que se producen, un día sí y otro también, por denuncias de distintos tipos de agresión en el hogar —unas acaban en el juzgado, otras no— aprehensiones de sustancias, camellos en zonas de ocio y a veces demasiado cerca de los institutos —el otro día, un grupo de adolescentes me dio varios motes por los que preguntar no muy lejos de un centro educativo— reyertas y peleas callejeras, o robo de carteras, deporte nacional en momentos de congestión turística —ojo que viene Titirimundi— presuntos casos de pederastia y hasta, también presuntas, agresiones sexuales en grupo, como la denunciada por una norteamericana hace unos días. Como en otras ciudades, ni más, ni menos.

Espero, no obstante, lograr convencerle de que andar por Segovia es seguro en términos generales, entre otras cosas porque la policía es eficaz y rápida en sus respuestas. En realidad estoy remando para casa y reclamando una mínima transparencia de quienes puedan tener la tentación de pensar que si el ciudadano tiene sensación de absoluta tranquilidad es más feliz. Ya sabe, “ojos que no ven…” y que es suficiente elemento para la tranquilidad general invitarnos de vez en cuando al espectáculo mediático de una gran operación contra presuntos yihadistas o pasarnos una ambigua nota sobre una gran red de narcotráfico que implica a un vecino de Segovia. (Otro segoviano de los de aquí atraído por el lado oscuro pese a vestir uniforme de Policía Local del que no nos han dado ni las iniciales, pese a que podría ser su vecino, ese tan simpático que se encuentra en el parque paseando al perro) sin que nadie “pueda ampliarte” la información aunque preguntes por ello.

Pues déjeme al menos que me rsista, que resulta que esa opacidad es contraria a los derechos más elementales en los que creo. Qué quiere. La vocación.

Autor: Fernando Sanjosé

Segovia (1967). Periodista.

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