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Raphael se deja atar

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Reconozco que cuando voy a ver a Raphael —es uno de los artistas que más veces he visto en directo y casi nunca por trabajo— voy entregado, seguro de que el genio volverá a salir de la lámpara y volveré a encontrar un matiz, un gesto, una forma de resolver un tema capaz de sorprenderme, aunque sea una de esas canciones que ya escuchaba, de niño, en la radio.

Así que ya le advierto que es difícil que me salga una crítica más alta que otra del concierto de este año —el de Linares es un fijo, en años alternos, de las Noches Mágicas de la Granja— en el Real Sitio, que ni decir tiene que llenó el recinto, aunque eso sí, con un público mayoritariamente de edad mediana a madura.

Y eso que quizá podría quejarme de que esta gira acompañado por orquesta sinfónica (la de Málaga en este caso) me parece a mi que sujeta a la fiera, que atempera la parte más histriónica del artista para retenerle hasta en los gestos, quizá también para permitirle, premeditadamente, un concierto más relajado.

En este formato el cantante se mueve en un escaso pasillo donde no faltan sus gestos exagerados, su inquieta chaqueta y sus saltitos, pero podría parecer que lo hace algo constreñido entre tan abultado acompañamiento. Este hombre puede comerse dos orquestas como esta en dos temas, pero en este concierto renuncia a la batalla y mantiene una convivencia sosegada —y perfectamente engranara— que a mi me pareció que resta algo conexión con el público, que para colmo era el de Segovia que, a falta de pretextos contundentes para hacer lo contrario, presencio el concierto, digamos que con poca pasión: Tímidos vítores aislados entre temas, ningún baile y un par de ovaciones cerradas.

Raphael1(p)Y hasta ahí podría quejarme que, vestido de «su» riguroso negro y con más de 50 años de carrera, Raphael se puso a soltar repertorio durante ¡dos horas y media! —ande, pídale el esfuerzo a un chaval de los de ahora— y claro, así no hay quien se resista. Antes de que se cumpliera la primera media hora ya había cantado “Enamorado de la vida”, “Mi gran noche” o “Se me va”. Y el público, hipnotizado.
Chaqueta para fuera, chaqueta para dentro, paseo canalla y temas llenos de romanticismo —insisto en que la sinfónica le frena, aunque no quiero hacer mucho caso al señor que estaba a mi lado comentando que “ya no alcanza los mismos tonos”— fue avanzando un concierto en el que el artista tomó el centro del escenario para cantar hasta sentado, se merendó todo el espacio, del que había echado a los músicos, salvo a su pianista, con el clásico “Por una tontería”, al que siguieron otros como “Qué tal te va sin mi”, en el que modificó ligeramente la letra para situar el reencuentro que narra la historia en el mismísimo corazón de La Granja y volvió a inundar la escena cuando se sentó, en una esquina, con su guitarrista, otro de los momentos álgidos de la noche.
Es imposible relatar tamaño concierto en unas líneas, pero sí le diré que, además de hacer pinitos como director de la orquesta, la recta final estaba llena de guiños a los que siguen a Raphael desde siempre, que encontraron en ese rato la ocasión de tararear “Escándalo”, “Ámame”, “Qué sabe nadie”, “Yo soy aquel” o “Como yo te amo”, con las que rubricó una noche sin sorpresas —Raphael ya no necesita improvisar para obligar a abrir la boca— en las que el público se llevó exactamente lo que había ido a buscar: la pura genialidad de un artista, Raphael, que sigue siendo el plato fuerte de las Noches Mágicas de La Granja. Aunque sea cada dos años.

Author: Fernando Sanjosé

Segovia (1967). Periodista.

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