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Plantando cara al fuego

Pocas cosas fastidian más a un periodista. Son las 15 horas del domingo, tras pasar la mañana hociqueando noticias de segundo nivel, el periodista de guardia por fin está en casa con la ensaladilla puesta y el tenedor a punto de hincar el primer bocado. Llaman. Hay humo por San Cristóbal o Tabanera o Trescasas, parece serio.

Vaya por Dios… Uno está curado de espantos. En esta zona, en verano, a las tres de la tarde, el pasto es yesca. Una colilla o los restos de una botella haciendo efecto lupa (que son las causas que se barajan) y fuego al canto. Normalmente son poca cosa. En el alfoz se sabe del peligro de estas cosas así que las parcelas suelen estar o segadas o rumiadas (algunas no). Arden como por cosa de magia, pero como la materia combustible es escasa (no hay grandes masas de pinos), el fuego dura unos pocos minutos. Normalmente una brigada medioambiental se basta y se sobra para controlar la cosa.

El peligro está en el viento y la proximidad de las casas a las zonas de fuego. Y este es el caso. Considerando que vivo a poco más de un kilómetro del fuego, considerando que no hay apenas noticias, considerando que la zona es de fácil acceso y lo previsible es que se puedan tomar fotos desde la carretera, me digo que esta vez no tengo excusa. Una última mirada a la ensaladilla (¡joder!, ¿por qué tendrán que pasar estas cosas a la hora de comer?) y al coche con la cámara.

Pasas Tabanera, nada. En la carretera de San Cristobal empecé a ver la nube de humo más bien gris, no negro, buena señal. Poca cosa. Sigo para Trescasas y a 300 metros de Sonsoto, ahí está, un frente de varios centenares de metros, un guardia civil desbordado parando el tráfico, a la derecha según subes de San Cristóbal, tres agentes ambientales paleando contra el fuego. Y la carretera atestada de coches. La mayoría son vecinos que suben de Segovia de trabajar o de tomarse un chato. Se pueden ver varios focos. Una mujer llora presa de un ataque de nervios, «ahí está mi casa, ahí está mi casa», grita. «Mi casa» quiere decir que ahí están los hijos, el marido, el perro… y las columnas de humo están peligrosamente cerca.

Tanto que ya han evacuado varios chalets. En la residencia Jardín de Segovia han dado aviso de que se preparen por si hay que evacuar. Más tarde me lo dirán, pero todo el sur de Sonsoto es un ir y venir de vecinos paleando fuegos, despejando vegetación. Ganaderos heroicos de toda la Atalaya han evacuado el ganado, que campa calle Real abajo.

Desde donde estoy se aprecia a simple vista que hay muchos frentes. El viento es caótico. Sopla de sur, o sea empujando al norte, pero de tanto en cuando gira y cambia de dirección. Las pavesas se encargan del resto. Una racha de viento y una nubecilla de chispas salta por los aires hasta que cae sobre otra parcela. Si el pasto está segado, si está verde o si hay suerte, no pasa nada, pero lo normal es que tengas otro foco a la espalda, a la derecha, a saber… Es como la Hidra de Lerna, le cortas la cabeza y aparecen dos con su aliento venenoso.

Los tres bomberos que yo veo no dan abasto. Trabajaban por el sur pero el viento ha vuelto a cambiar de dirección y empuja las llamas al norte amenazando con saltar al otro lado de la carretera. A mi lado hay un joven nervioso. «Pero ¿qué hacen? ¡tiene que pegar por la carretera!», masculla. Me lo miro un tanto enfadado. Ya está el típico listo… me digo. Pero el «típico listo» sabe lo que dice. Se va resuelto a la furgoneta de Medio Ambiente y allí le dan una pala y empieza a trabajar, tal como viente, en ropa de deporte, intentando que las llamas no crucen la carretera (más arriba, a pocos metros de donde empiezan las casas ya ha saltado, como sabré después, en lo que ha sido el momento más crítico). Resulta que el «típico listo» es bombero o forestal, porque empieza a dar órdenes y la cuadrilla le obedece. Los asfixiados forestales van corriendo hasta la carretera para evitar que el fuego salte al otro lado, donde una vaguada de pasto superseco conecta directamente con las casas de Sonsoto.

Inciso. Esto es duro. Dar paladas con una especie de remo de caucho a saber a cuántos grados, respirando humo, y saltando de aquí para allá. Eso durante horas y más horas. No es como un vecino, que en un momento dado empieza a pegarse contra las llamas (con palas, con improvisados escobones de ramas y cuando se cansa lo deja). Lo de los vecinos es de agradecer, claro, pero lo de estos profesionales…

Yo a lo mío. Tomando fotos. El fuego no debe lleva activo ni media hora pero ya empieza a verse un despliegue considerable. Hay bomberos, el guardia civil ya no está solo, varias cuadrillas de Medio Ambiente y un helicóptero (al que luego se unirá otro). Todo parece en vías de control, pero otra vez el viento. Una fuerte racha y la cosa se descontrola otra vez. A los de Protección Civil de La Granja, que venían de hacer croses, carreras, actos, les avisan que se vengan, que la cosa está seria. Son las cuatro y me acuerdo de mi ensaladilla. Vuelvo, cuelgo un primer avance, como, y espero. Sobre el terreno los periodistas somos los seres más inútiles del mundo en estos casos. Nuestro trabajo es informar, decir cómo está la cosa con datos ciertos para frenar rumores (que sí las llamas han entrado en la residencia, que si hay material explosivo en la Bezoya, que si vacas en llamas expanden el fuego hacia San Cristóbal). Es evidente que lo último que quiere un bombero hecho polvo que lleva hora larga paleando es atender a un tontorrón en chanclas preguntando «qué, está jodida la cosa eh… ¿Le importa que le haga una foto?» Yo tengo un truco, antes que nada tiendo una botella de agua fresca. Al menos el bombero pensará «este no es tonto del todo». Quiero pensar, vaya… También es posible que se me conozca como «el tonto del agua mineral». Enfín…

Sobre las cinco llamo al alcalde, a Borja Lavandera. Que me cuenta que no hay daños personales ni materiales de especial valor. Que la cosa está en vías de control, pero que ha ido del canto del duro. A los de la residencia, unos 200 abuelos, los más impedidos (no quiero ni pensar cómo sería una evacuación general) les han dicho que tranquilos, que cierren ventanas por el humo y estén tranquilos residentes y familiares.

Voy añadiendo la información y sobre las 18 vuelvo a Trescasas. El acceso desde San Cristóbal esta cortado por el sur y por la carretera de Torrecaballeros. Así que tomo la carretera de Torrecaballeros y paro en la urbanización de alto copete. Justo a 100 metros de la residencia. Allí Medio Ambiente de la Junta ha montado el cuartel general. Una pareja de guardias civiles corta el paso a los vehículos, y varios sargentos y oficiales están sobre el terreno. El director del operativo, el del casco blanco, no para de dar órdenes. Los dos helicópteros cargan el rociador en el Pontón y lanzaan descargas desde poco más de 30 metros. Precisos y efectivos.

Otro inciso. Duro trabajo el de esta gente, los helicópteros. No tengo ni idea de helicópteros pero todas estas maniobras acopiando un montón de kilos, al límite de la resistencia del trasto… Parece arriesgado. Un error, ujn cambio en la presión del aire… Sobre el terreno hay varias brigadas desplegadas, especialmente en la hondonada que separa la residencia y la Bezoya. Me llama la atención los grandes bidones de agua mineral que portan los apagafuegos de la infantería. Beber es media vida en estas situaciones. Controlan el perímetro de las llamas, atacan con sus palas allá donde el fuego amenaza con rebrotar y marcan las zonas de descarga a los helicópteros. «Necesitamos la motosierra», grita alguien.

La zona devastada no es homogénea. Hay extensiones de pasto quemado aquí y allí intercaladas por pasto intacto. Me fijo en una encina. La zona con sombra se ha preservado pero del otro lado hay un enorme círculo de pasto requemado. El árbol bien. Y así todo.

Lo importante es molestar lo menos posible, tomar buenas fotos y obedecer si te dicen «váyase de aquí», que ese es el caso. Así que enfilo hacia Trescasas. Frente al polideportivo hay una zona requemada. Allí está el alcalde y un grupo de vecinos que me ponen al día. Me cuentan el trajín de tractores, lo de las vacas, y que un chico ha visto como los pájaros se están poniendo morados con conejos asados, lagartijas, ratones… (Esto último, a saber si es verdad). Lo que sí es verdad es que todo Sonsoto es un laberinto de mangueras conectadas a tomas de agua. Salen mangueras desde casas particulares, desde las arquetas de empalme… Son cientos y cientos de metros de mangueras empalmadas que se adentran en el piedemonte. Menos mal. Y uno, de nuevo, se pregunta cómo será un fuego donde no hay tomas, dependiendo exclusivamente de la motobomba y los helicópteros. Cómo será la cosa en un incendio forestal salvaje, con decenas de metros cúbicos de madera de pino reseca y en un entorno orográfico complejo, con barrancos, sin caminos, con cuestas de 30 grados que hay que subir cargado de material… Bufff, el infierno. ¿Saben los lectores que España tiene el cuerpo de bomberos forestales más eficiente del mundo? Y aún así…

Pero felizmente esto no es una barranca mediterránea de zarzas y pinos que llevan años sin trabajar, resecos como  camellos. Como digo, el pasto arde fácil pero se consume pronto. La zona es accesible y hay abundantes medios. Eso sí, las rastrojeras requemadas se alternan aquí y allí como si los helicópteros hubieran lanzado tinta china. Y algunas lenguas han entrado en naves ganaderas, otras han sido detenidas a pie de valla de casas o junto a la línea de arizónicas. Veo a vecinos refrescando con mangueras caseras los alrededores de la casa y las vallas de arizónicas. Hacen bien.

Son las 20 horas y todo está controlado. Por el camino de Tabanera se desparraman curiosos y paseantes. Los retenes siguen con la vista puesta en el viento y atentos a montículos que humean demasiado. Los helicópteros, agotado el combustible, vuelven a la base. El trabajo sobre el terreno seguirá durante buena parte de la noche. En la radio el acalde agradece el buen hacer de bomberos, vecinos, protección civil, policía, ganaderos… Hay que seguir trabajando, las noticias no esperan.

Galería de fotos

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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