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Misión Imposible

La saga Misión Imposible se diferencia de la de Bond en que minimiza la cosa sexual (007 es una especie de fantasía onanista masculina, y por tanto, precisado de un buen surtido de mujeres objeto resumidas en culos y tetas) y el sadismo del “con licencia para matar”. Por así decir, Tom Cruise es un James Bond enamoradizo, socialdemócrata, vegano (o al menos, no fumador y menos cogorzas que el del MI6), políticamente correcto en suma, con la baza humorística del dúo Simon Pegg (Benji) y Ving Rhames (Luther), de solvente soporte secundario.

Por lo demás son lo mismo. Impresionantes e inverosímiles escenas de acción, lujo, tecnología, mismo target, y marketing de emplazamiento por un tubo (Apple y BMW). En lo tocante a guiones, dos primas hermanas, con ejércitos malévolos en la sombra, de brillantísimos planes pero cuyas bombas acostumbran a fallar en el último segundo de la cuenta atrás.  Como toque de la casa, y por aquello de la tecnología de intercambio de cara, Misión Imposible gusta (y hace bien) enrevesar el guión con un rigodón de identidades. Añadan un poco de tostón psicológico para explicar la inmadurez mesiánica de Hunt, y ya tenemos una franquicia pseudo-Bond. Un Bond para seminaristas y que, en lugar de Audis, conducen BMWs.

¿Cómo enfrentarse a este planteamiento tan recurrente, tan architrillado, de malvados de opereta y bombas que fallan en el último suspiro? Pues con ritmo, o sea, con persecuciones. Con trepidantes escenas de acción, empezando por la acrobacia paracaidista, seguida de la típica fuga coche-moto-barco, siguiendo con la de saltando por los tejados, duelo aéreo otra vez, y conclusión final al borde del precipicio a torta limpia. Incluyendo varias odiosas secuencias de “suelta la pistola o mato a tu amigo”.  Nada que no se haya visto por lo menos 300 veces, pero bien rodado (bien rodado es poco), funcional y contundente, y que como seña distintiva tiene en el ingenio de Hunt la metodología superadora del climax; allí donde Bond tira de pistola o se saca un gadget tecnológico de la manga, Hunt gusta de la finta y el engaño (además del gadget tecnológico).

Un producto que es eso, puro ritmo, cuya eficacia dependerá de que la secuencia de acción desmadrada tenga sentido interno, dure lo justo y no deje pensar demasiado al espectador. En mi caso, la serie de Cruise lo consiguió en la primera entrega, y ya de mala manera en las secuelas. De manera que dejé de interesarme por la franquicia hasta que un alud de buenas críticas describía Misión Imposible 6: Fallout como un verdadero tour de force, cosa que finalmente (aunada a la birria de programación en cartelera) me ha reconducido a la saga.

Y la verdad que bien. Me resulta increíble que estas películas (Bond, Marvel, Misión Imposible) funcionen por reiteración de casuística en sus planteamientos, pero en lo que a mí conciernen la imposible misión de mantenerme entretenido con la misma ensalada de siempre se ha vuelto a conseguir.   No pregunten cómo. Yo creo que son películas escritas por IAs a partir de estudios de la corteza cerebral del humano medio. Que algún día se descubrirá que se filman con un color especial que activa zonas neurales habitualmente dormidas o es un formato esférico de vídeo de Máxima Resolución que entronca con patrones visuales atípicos. Algo así. Si no se entiende. Aunque a fin de cuentas, ¿qué tienen de malo las ensaladas?

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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