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En Madrid, el peligro está en la acera

En Madrid la calzada es un espacio razonable. Hay atascos, los conductores aminoran en los pasos de cebra, los peatones respetan los semáforos a ratos. Pese a que unos y otros comprueben asiduamente sus móviles el asunto no suele pasar a mayores.

En las aceras, por el contrario, rige la ley de la selva. Voy andando al Congreso; está cerca del apartamento que alquilé en Madrid. Camino a paso ligero, es el ejercicio que hago; no me percato de amenaza alguna. No hace mucho salí a media tarde, con objeto de realizar gestiones personales. Con calma afronté una ruta concurrida. Se me vinieron encima dos patinetes, rectos y resueltos, manejados por personas que habían dejado muy atrás ese aturullamiento propio de la adolescencia.

Implacables, me flanquearon sin daño y de refilón. Adiós a la calma. A mi espalda, un ciclista avezado me sorteó mañosamente. Entre los paseantes, más o menos precipitados, corrían de forma harto precipitada hombres y mujeres ceñudos y resoplantes; con ropa de deporte y música en las orejas, con determinación en los ojos, con zancada sostenida. Venían de frente, me aparté un poco. Hice mal, no controlé la retaguardia. Una pareja de mediana edad, enjuto él y de gran cilindrada ella, me embistió por detrás, y suerte que no corrían, solo marchaban a buen ritmo. Despreocupadamente me arrollaron, protesté sin convicción, se disculparon tan despreocupadamente como me empujaron, casi me estampo contra un árbol. Me quedé un momento observándolos, por ver si orillaban a otro incauto y me consolaba el mal ajeno. Volví a casa pegado a la pared, para evitar riesgos.

Este recelo en Madrid me recordó el fragor de las motocicletas en Hanói. Venían como un enjambre denso, voluntarioso, inacabable. Me negué a cruzar. El muchacho que muy sensatamente llevaba allí él aula Cervantes volvió con un cochecillo conducido por un vietnamita que regentaba una academia de español. Increpaba escuetamente a otros conductores de automóviles, no a los motoristas. Circulaba con certidumbre de experto. Me explicó, en un español aseado, con un leve colorido cubano, que todos los vietnamitas querían tener moto. Visto lo visto muchos ya la tenían.

El peligro en Segovia no son las aceras apacibles. Junto a mi casa, algunos niños juegan en la calle persiguiendo una pelota. Conforman de pronto vestigios de mi niñez en las viejas calles de Madrid. Si me preguntasen dónde está el peligro en Segovia diría que en pensar que Segovia es menos de lo que es. No es una rareza de aquí; constituye un inconveniente común a una gran mayoría de españoles, siempre importantes en las grandes ocasiones y pesarosos en el día a día.

Segovia es mucho, tanto la capital como la provincia. Veo a los turistas aglomerados. Pasan el día; ven al acueducto y comen cochinillo. Vuelven a Madrid por la tarde. Somos capaces de ofrecerles alicientes para que duerman en Segovia. Y si pasan la noche que sean dos noches. La frontera con Madrid nos permite tirar de ese turismo y traerlo más y mejor a Segovia. He visto datos oficiales. La comunidad de Castilla y León mejora ingresos turísticos y pernoctaciones, pero es una mejora prudente, y no se produce en todas las provincias, y en Segovia se condensa en agosto y tenemos un despejado margen de crecimiento.

Podemos profundizar y extender el turismo. Insisto: la cercanía con Madrid nos hace competitivos. La motorizada legión de vietnamitas que me impidieron cruzar la calle llegaron a las motos optimizando recursos. Luego de guerrear contra franceses y americanos pelearon contra el hambre. En 1990 importaban arroz para comer. Actualmente son los principales exportadores de arroz de la región, también de café. Luego pasaron a robustecer el sector manufacturero, pero antes trabajaron lo que tenían. En Segovia tenemos turismo, entre otras posibilidades; ese turismo debe incrementar sus beneficios, prolongar su estancia, estirar los límites del verano.

Hay segovianos de nacimiento. Hay segovianos por azar o costumbre. Hay segovianos que vinieron por trabajo y se quedaron. Yo soy segoviano por elección y optimista por naturaleza. Decidí que Segovia sería el lugar de España donde terminaría mis días. A mi optimismo habitual se une aquel que es propio del neófito. Quieres a una persona y quieres para ella lo mejor. Eliges un lugar para vivir y haces lo imposible para que ese lugar, que ya es el tuyo, sea el mejor lugar en el mundo. Les pido disculpas por si este optimismo recalcitrante llega a incomodarle a alguno. Y lo hago a conciencia, pues mucho me temo que el sentimiento no va a decaer.

Author: Eduardo Calvo

Eduardo Calvo es diputado de Ciudadanos por Segovia en el Congreso de los Diputados.

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5 Comments

  1. ….. me he dormido leyendo esto. Pero de qué va? Camina por la acera y parece que va por Sarajevo en los años noventa. Que tedioso, qué premioso …..qué aburrido….desde luego los noemis tienen un problema de representación.

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  2. Y a parte de pasear que hace este hombre por Segovia???…como se ha engañado a los votantes de este partido en Segovia..una que coloca a su novio a dedo y este que a saber porque le metieron por Segovia cuando ni la conoce noble importa..menuda regeneración política han traído..y queda la Silvia Clemente…

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  3. Lo que ha dejado claro es que vive en Madrid, por tanto no pasará dietas por haber fijado residencia en Segovia, o si?

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    • … aunque para lo que le queda en el convento …

      Su amiga Noemí y pareja le han puesto muy difícil repetir. En Segovia Cs ya ha enseñado la patita.

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  4. ¡Cuánto hecho de menos el realismo idealista de GORDO!
    Francamente Sr. Calvo, con todos mis respetos: usted llama más la atención en Segovia que un cura con dos pistolas… hablando de curas: no le he visto con su compi Noemí (qué birria de vestido, hija mía, y sin parar de hablar toda la bajada al azoguejo) en la procesión de la Virgen de la Fuencisla esta tarde… estaría usted esquivando patinetes en la Carrera de San Jerónimo.
    Espero que los segovianos recuperemos la cordura el 10N.

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