web analytics

El turista 100 millones se topa con la abuela del cajero

Pocas cosas como aguardar en una lenta y exasperante cola para sacar de uno lo peor. En la cola, el amable vecino ecuatoriano que está siendo atendido se convierte, visto desde cinco puestos más atrás, en el puto esto o aquello. La abnegada y simpática abuela se torna la jodida vieja; el alegre chaval, el niñato gilipollas del piercing. Es así, las colas descubren lo peor de nosotros mismos. Soberbios, racistas, machistas, prejuiciosos…

En verano los jubilatas no descansan. Sabido es el caso del abuelo que, de muy buena mañana, baja a la playa y a la luz de la aurora arma una especie de campamento en primera línea de mar, todo lo cual asegurado con curiosos artilugios caseros y a lo que se ve legitimados por leyes más antiguas que el derecho romano.

Este año no me libré de otro ser mítico, probablemente cónyuge del anterior: la abuela del cajero. Sí, esa presencia enfundada en una bataflores que una vez encajada ante el terminal empieza a sacar libretas de ahorro, algunas de las cuales no parecen haberse actualizado desde la Guerra de Marruecos. Intercambio, lo primero, una mirada de consternación con el que va detrás mío. Paciencia.Tiene mala pinta. Mucha.

Pero esto es la playa, los pocos cajeros que hay están muy demandados, y la abuela parece la apoderada de un enorme holding multinacional. Así, a golpe de ojo, veo una tarjeta y tres cartillas. Supongo que de la hija, la nuera, la suya y la de su marido. O eso o que bajo la inocente apariencia de una abuelita hay un encallecido broker que opera desde el cajero con fondos de inversión subsidiados a la media ponderada de la bolsa de Zurich. Y va llegando gente. De dos que éramos, somos ya seis. Y se empiezan a escuchar los primeros comentarios, todos variantes del verbo joder. “Hay que joderse”, “nos ha jodido”, “jodida playa…” Azuzado por su padre, un crío clava la nariz en el cristal y hace de narrador. “Ya sale la cartilla”; “Sí, está guardando dinero”; “Calla que pone otra”. Chasco monumental y los comentarios toman un aire sedicioso. “Qué cómo lo tolera el banco”;  “que no puede ser”. “Habría que hacer algo”, propone el que nunca hará nada y fijando en mí su mirada retadora, como diciendo, ¿no eres tú el próximo? (¿Que pretenderá? ¿Que tirando de mi autoridad como Siguiente en la Cola reduzca a la interfecta y la ponga a disposición judicial?)

En su lugar me concentro y expando el chakra, detengo el tiempo y la entropía hace su trabajo. Pasan los milenios, eones, edades glaciares, el bing-bang entra en su tercer ciclo. ¿Valdrá el euro cuando me toque el turno? Finalmente el niño dice  “que se va” y sí, la abuela, adoptando una mirada de entrañable candidez (la muy puta), abandona el campo de batalla. Me toca: tecla azul de operaciones habituales. Entro el código. Trinco la pasta. Creo que he batido el récord hoy.

“Adiós buenos días”, saludo al salir. Los de la cola me miran con admiración. ¡Sí señor!; ¡he aquí el hombre! ¡Viva el Besa! (me parece escuchar, aunque en realidad es el petardeo de una moto). “Yo también soy rápido, como el caballero”, se jacta mi sucesor. Vuelvo a mi hamaca crecido en dos palmos (verticales) y sintiéndome El Benefactor de esta playa a la que acudo desde hace 50 años.

Vacaciones. Si éramos pocos… 2017 tiene la pinta de pulverizar el récord de turistas extranjeros registrados en España en 2016 (¡75 millones!). Según los datos oficiales, en junio ya se había superado en un 11% la marca obtenida en el junio anterior.

¿Qué tenemos que no tienen los demás? Sobre todo vitamina D. Ayunos de sol, los europeos del norte vienen a por su dosis macerada con la mejor  hostelería del mundo. Tipismo. Patrimonio. Pero además hay esa seguridad que no te da Marruecos. Aquí el policía no pone multas al tuntún y luego el cazo. Si te rompes la pierna te la curan gratis. España es un entorno muy seguro y a la vez libérrimo. Debe ser de los pocos países donde se puede tomar el sol con el culo al aire y en Urgencias no te cobran. Las cosas más o menos salen conforme lo previsto.

Añadan a eso el low-cost. Antes veraneaban en España los alemanes y europeos de posibles. Se añadieron luego los franceses, al principio con sus roulottes tiradas por Gordinis. Luego los estudiantes italianos, cinco repeinados genoveses hacinados en un Fiat y alojados en tienda de campaña. Con el low-cost y la aviación hecha clase media la oferta se hizo global y ya no dependía del coche. Rusos, chinos, americanos, indios… A mi lado hay tres familias lituanas chupando sol mediterráneo y cervezas a cero noventa del Dia (dos euros más baratas que en su desgraciado país, me dicen entre blasfemias).

Una vez me bañé en Santander. Casi palmo de frío, así que en Lituania… El Mediterráneo es como las piscinas municipales del mundo. No tendrá el glamour de Dubai, pero aquí hay jamón y se tiran cañas (y los precios son otros, tengo entendido). No es el Caribe, pero no te secuestran en un taxi. Somos los mejores camareros del mundo, de muy pero que muy largo. Y alguno se quejará y dirá: podríamos ser los mejores abogados del mundo (ignorando que por el mismo argumento podríamos ser los mejores sanadores de fístulas anales). Pero nos tocó en suerte ser los mejores camareros del mundo. Oficio humilde, duro y abnegado, no por ello menos digno. Aunque mal pagado, eso también… No es poca cosa regentar la mejor taberna del cosmos.

 

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

Compartir en

1 Comment

  1. …ya te digo.

    Responder

Comenta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *