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Difuntos: Tenorio y Catafalco

Siguiendo la tradición, el Teatro Juan Bravo programará para la víspera de Todos Santos, el 31 de octubre, el Juan Tenorio de José Zorrilla. Aunque el texto sigue básicamente la versión romántica de 1844, algunos cambios sí se han incluido en el montaje de MIC Producciones bajo la dirección de Borja Rodríguez; la acción salta de la Sevilla de 1545, a las puertas de un teatro abandonado que va a ser derruido a causa de un proyecto urbanístico; un teatro en el que cada noche de difuntos solía representarse Don Juan Tenorio de Zorrilla.
De repente, y bajo la custodia de un vigilante de seguridad, la escena cobra vida una vez más y comienza la historia del Tenorio; con sus apuestas con Luis Mejía, sus hazañas amorosas, sus juergas y sus desafíos, con doña Inés, su enamorada prometida, y con su desdichado padre, el comendador, con su calvario y, por supuesto, también, con el arrepentimiento que le mantiene con vida hasta el día de hoy. La función iniciará a las 20:30 horas con entradas a 20€, 18€ los amigos del Teatro Juan Bravo.

Túmulo de la Catedral

De las tradiciones profanas a las sacras. La Catedral de Segovia ha dispuesto ya en el crucero sur de la nave el túmulo o tradicional catafalco, que consiste en un armazón de madera, cubierto por paños fúnebres. Desde hace algunos años y como conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, el Cabildo de la Catedral de Segovia expone esta joya del arte funerario como muestra de respeto y recuerdo a todos los difuntos. Además del túmulo, el monumento fúnebre se acompaña con una capa pluvial, dos dalmáticas, una manga que simboliza la celebración de Todos los Difuntos y una casulla al lado del Altar donde se ubica. Pero dentro de la ciudad de Segovia también se puede hacer un recorrido en busca de la Antigua Liturgia en las exequias.

La tradición del túmulo se remonta a los enterramientos en el interior de las iglesias, que fue la pauta habitual hasta el siglo XIX; coincidiendo con las honras fúnebres las familias erigían túmulos en memoria del fallecido, una tradición de origen precristiano que fue derivando en complejidad hasta que con la llegada de los Reyes Católicos se estableció que los túmulos quedaron reservados para honras fúnebres de reyes y familiares cercanos. La restricción se fue relajando y Carlos II terminaba autorizando los catafalcos para particulares. Era el barroco y los túmulos eran cada vez más grandiosos y excéntricos, de suerte que Felipe V, y más eficientemente Carlos III, trataron de rebajar su suntuosidad legislando que se rebajara su marcada complejidad escultórica.

Ya en el siglo XIX, entran en funcionamiento los cementerios, en 1801 el de La Granja, el más antiguo de España, y en 1820 el de Segovia; los entierros en iglesias se fueron reduciendo y limitando a casos excepcionales, así, en la Catedral de Segovia solo se permitía la sepultura en el claustro. Finalmente, el Concilio Vaticano II, en 1962, prohibió los túmulos o catafalcos en funerales.

Author: Redacción

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