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Cartelera Segovia: Mientras dure la guerra

Dejé de ver películas de la Guerra Civil Española porque, en lugar de intentar explicar la historia para que 80 años después la podamos comprender, los cineastas se empeñan uno detrás de otro en aleccionarnos con lo que ellos piensan que fue o que en lo que encaja en su ideología que fue, o a saber… Y si hay que colar en el relato alguna mentirijilla en apoyo de esa visión particular, como en Raza o como El Alcázar no se rinde (por citar dos de las más nombradas), no se hable más.

En los últimos tiempos se había caído, además, en un cierto abuso al ilustrar vejaciones sexuales (preferentemente) a milicianas a cargo de (preferentemente) nazis con bigotito, y como -la verdad sea dicha- los días de degustar Ilsa, la loba de la SS y sexplotation fetichistas quedaron atrás, pues eso, dejé de ver bodrios.

Si con Mientras dure la guerra hice una excepción fue por la curiosidad de ver como Amenábar trataba la recreación actoral de Franco, Millán Astray, Mola, así como su aproximación a un intelectual tan estrambótico como Unamuno.

Debo decir que la aproximación al pensamiento de Unamuno queda totalmente desdibujada. Ahí Amenábar me decepcionó, salgo del cine sin saber ni un ápice del pensamiento, por decir algo, del intelectual vasco. Pero eso entraba en lo previsible: filosofía y cine no se llevan muy bien.

Esta decepción queda plenamente compensada por el fenomenal trabajo actoral con Karra Elejalde a la cabeza, en un papel memorable del todo punto de vista. Minimizando el histrionismo cómico que suele caracterizar a Karra, el vasco se saca de la manga una prodigiosa interpretación, que emociona y convence. Impresionante.

Descolla, pero menos, Eduard Fernández como Millán Astray, al que, por no faltar a la costumbre, más que encarnar se caricaturiza. Esta que se sale, tremendo también Santi Prego como Franco, y alegra ver al paisano Luis Callejo desempeñando a las mil maravillas a un Emilio Mola niquelado.

Pero como digo, son los retratos de Unamuno y Franco los verdaderos puntales de esta película. El retrato de Franco que propone Amenábar es el de un general cerebral, astuto, de exasperante hermetismo que no pocos confundían con estupidez (craso error), y desde luego, como militar que era fogueado en las carnicerías del Rif, implacable e inhumano, que limitaba su escasa piedad al ámbito familiar y a sus devociones religiosas.  Lamentar aquí dos cosas. Una que Amenábar cae en otro tópico de la izquierda, sostener que deliberadamente desvió su avance a Madrid para, con la excusas de liberar Toledo, prolongar la guerra e intensificar la represión interior. No es necesario.

El cineasta nos pinta al dictador en uno de esos momentos del todo históricos. Salamanca 28 de septiembre de 1936, descabezada por la muerte de su líder, Sanjurjo, la junta militar que ha dado el cuartelazo contra la República debe designar un «generalísimo», un mando único político y militar. Los dos candidatos son Mola (el diseñador del alzamiento) y Franco. Se impuso Franco porque con el apoyo de Italia y Alemania tenía mucha más capacidad operativa que Mola, que estaba en una situación militar mucho más débil y estratégicamente mucho peor, rodeado de efectivos leales a la República muy superiores en número y pertrechos, y obligado, por tanto, a una mera resistencia defensiva. Mola no podía ganar la guerra, Franco sí. Se cuenta que la camarilla franquista (Nicolás Franco) eliminó la muletilla «hasta que acabe la guerra» con la que se pretendía acotar en el tiempo el poder onmímodo del Generalísimo. Es un tema históricamente muy sustancioso que creo que queda bastante enmarañado en la película. Encima coloca a Millán Astray en el epicentro de la conjura, cuando en realidad el «glorioso mutilado» ni siquiera estaba allí.

Lo hace por otro mito de la izquierda, el «viva la muerte» que Amenábar contrapone a Unamuno, al que se nos presenta como un vitalista liberal. En total discrepancia con el marxismo, Unamuno apoyó el golpe de estado contra Azaña, al que odiaba y al que consideraba, no sin motivos, un cáncer para España. En la película, el intelectual vasco, confrontado al «viva la muerte» de los legionarios se da cuenta de su error, se ha equivocado de bando.

En realidad, esto no fue así o no fue sencillamente así. Unamuno está en la piedra sillar del pensamiento romántico-nacionalista que nutrió ideológicamente tanto a Falange como al Movimiento, pensamiento antimoderno que defendía la españolidad como una forma de ser en el mundo, en coherencia con las doctrinas tardorrománticas más casposas y populares. «El ser para la muerte» es en gran medida suyo y no de Millán Astray, que como militar mucho más formado de lo que se da a entender, había aplicado ese concepto, mezclado con el bushido japonés (el código del samurai, del que fue traductor) a lo militar, ante todo como una imagen corporativa de la élite militar española, la Legión.

Se suele dar al episodio del paraninfo un aire socrático:  el insobornable intelectual que confrontado al poder despótico decide armarse de dignidad para cantar las vergüenzas del segundo a cualquier precio. Esto es más que discutible. Ahora bien, tampoco le quitemos a Unamuno la heroicidad de oponerse a la dictadura en el que probablemente sea el único discurso memorable de toda su reaccionaria trayectoria. Fue un golpe de dignidad que vale la pena recrear. «Para vencer hay que convencer«.

 

 

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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