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Cartelera Segovia: El planeta de los simios: Guerra

Debo estar más gruñón que de costumbre, o será que tenía a una cuadrilla de adolescentes al lado y no paraban de ciscarse de los monos, lo que quieras que no, desconcentra (al cine, en lo posible hay que ir solo), el caso es que la tercera parte del planeta de los Simios no me termina de convencer. Y eso pese a los primerísimos planos de un César hiperrealista, bastante mejor actor que la media a la hora de trasladar emociones, o incluso todo el entramado filosófico inoculado en su saga por su creador, el francés Pierre Boulle, toda una reflexión animalista de bastantes quilates.

Les pongo en situación. En 2011 Ruppert Wyat inició una nueva trilogía sobre el universo simio. La idea era explicar cómo los simios se apoderan del planeta y sustituyen a los hombres como especie dominante. Fantasía racionalista muy del gusto de este opinador. Ya entonces la cosa me pareció brillante aunque algo ñoña, pero bien resuelta desde el punto de vista del guión. Experimentos contra el Alzheimer que, probados en chimpancés, generan una nueva raza de supersimios en tanto por un efecto colateral, la vacuna deviene epidemia apocalíptica. En la continuación, Matt Reeves nos sitúa en una vía intermedia donde supersimios y hombre venidos a menos, muy menguados numéricamente, más o menos se las apañan, hasta que estalla la guerra.

Que es el cierre de la trilogía. El planeta de los simios: Guerra, donde se da cuenta del fin del homo sapiens y de la pujanza de simio sapiens. Y tras darle muchas vueltas, aquí está lo que no encaja: que como peli de guerra no vale un pimiento. Y eso que, otra vez Reeves, tira de la Biblia del género, Apocalipsys Now, haciendo del gran Woody Harrelson un remedo de Brando – Kurtz y calcando la filosofía implícita en la gran-gran película de Coppola, a saber, que en la guerra gana siempre el más bestia, filosofía que lleva a los últimos hombres a su confrontación y autodestrucción final (y no es un spoiler, que de una u otra manera tenía que hilar la cosa con el film primigenio). Frente a eso César queda como una especie de Moisés de los suyos, un Ghandi peludo, que a golpe de “humanidad” y buenas intenciones lucha contra sí mismo en su afán de venganza.

Y si la filosofía ya es difícil de tragar -más por cuanto Boulle, y no digamos el padre cinematográfico de la saga, Franklin Schaffner, describe una civilización simia en la que los nuevos amos del planeta clonan en todo las estructuras humanas, repitiéndose, y ahí la gracia, las misma preguntas respecto a la animalidad de su pathos que Charlon Heston se hace sobre sí mismo- lo que termina de aguar la cosa es la sumamente imbécil concepción militar del conflicto, con dos o tres momentos bélicos de verdadera vergüenza por el planteamiento tan añejo, que recuerda a los andrajosos ataques a la bayoneta en las películas de propaganda de Franco del año 39. Como si Reeves se hubiera dicho, mira que bien, pongo a Harrelson a hacer de Brando-Kurtz, le doy un aire a Apocalipsys Now y marchando que es gerundio…

Sobrepuesto a tamaño engrudo, queda, eso sí, una vistosa y correcta película, de altísimo nivel técnico que nos arroja a una pregunta todavía más enjudiosa sobre qué nos separa de los animales, a saber, cuánto tiempo tardarán las máquinas en sustituir a los actores, al menos, en los primeros planos y partes difíciles.

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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