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Cartelera: La Promesa

A priori, ir a ver La Promesa, de Terry George, ofrecía como máximas expectativas  ver una vez más la Sierra de Segovia asomada al séptimo arte, echarse unas risas a cuenta de algún colega metido en funciones de figurante, y dándose bien, aprender un poco de este genocidio secreto que fue el Gran Crimen, acaecido en 1915. No esperaba más de un melodrama romántico de tintes históricos. Mejor dicho, esperaba menos.

Y bueno, me equivoqué. La Promesa no es palabras mayores pero es un buen producto, tiene ritmo, mantiene el interés y se nota que hay detrás una muy buena producción de cien millones de dólares. Historia curiosa. Kirk Kerkorian, magnate armenio-americano fallecido en 2015 a los 98 años, llegó a ser uno de los 50 hombres más ricos del planeta. Fundó Las Vegas y sus empresas controlaban hoteles y resorts con importante presencia en el mundo del automóvil. Entre sus últimas iniciativas estuvo la de dotar con 100 millones a una productora para rodar este drama romántico que rinde homenaje al genocidio armenio.

La Promesa se filmó básicamente en España, en localidades de Girona, Canarias, Teruel, Navarra, estudios de Madrid y también en Malta y Portugal. Pero buena parte de la acción transcurre en una “Armenia” segoviana. Marugán, Los Asientos, Párraces… Eso fue en 2015. Muchos extras, muchas explosiones y un puñado de estrellas (desde Jean Reno a  James Cromwell, además de secundarios españoles tal que el paisano Luis Callejo o Alicia Borrachero). Pero es sin duda el trío formado por Cristian Bale, Oscar Isaac y Charlotte Le Bon los que llevan la voz cantante de un triángulo amoroso que acaece en plena persecución armenia.  El pasado mes de abril The Promise se estrenó en Hollywood, convirtiéndose en un punto de encuentro de la potente comunidad armenia americana (las Kardasian o la propia Cher, por citar los nombres más conocidos en España). En paralelo, The Promise ha abierto un nuevo frente anti-turco, pues los otomanos rechazan la existencia del genocidio, que minimizan como una reacción a una sublevación, “mal llevada”, eso sí, y magnificada por los enemigos de Erdogan y de los turcos en general. De hecho, hay en circulación una reputada cinta turca, El teniente otomano, con la versión B del asunto.

A principios de 1914 el pueblo Armenia se extendía entre lo que es hoy la Turquía oriental y Rusia. Había sido un reino cristiano, de raíces antiquísimas, que resistió las acometidas de mongoles, tártaros, turcos y kurdos, pero sobre el siglo XVII quedó repartido entre Rusia y Turquia. Hoy, la parte rusa es una república independiente, participa en Eurovisión y vive al filo del susto rodeada kurdos, turcos y sobre todo de Azerbayán, con el Nagorno Karabaj (de población armenia, secesionada por las bravas de Azerbayan) en discusión entre Ereván y Bakú. Para acabarlo de arreglar, en todas estas zonas hay bolsas de no menos de 20 etnias, ingusetios, chechenos, georgianos, calmucos, rusos, kurdos, turcos, osetios… Los más de ellos con cuentas pendientes entre sí, pero también con dilatados periodos de coexistencia armónica.

La parte armenia de Turquía dejó de existir en 1915. Tras el derrocamiento del último sultán de Estambul (Hamid II, un carnicero, en 1909), la dictadura militar subsiguiente se sumó al bando Alemán en la Primera Guerra Mundial contra Inglaterra y Rusia, y la emprendió contra los armenios, a los que acusaba de amparar revueltas auspiciadas por Rusia. Fue el fin. Se calcula que casi dos de cada 3 armenios turcos murieron bien en largas caminatas de “reasentamiento”, campamentos de trabajo o, simplemente, asesinados por tropas turcas y guerrillas kurdas. Más de un millón de armenios muertos.

¿Qué decía? Ah, si… la película. Pues eso, que en este dramático contexto se sitúa el triángulo amoroso, motor narrativo de la historia. Todo muy previsible pero como tiene de fondo el drama armenio, no menos impactante. Nos asomamos a algunos ritos de esta antiquísima civilización, su forma de vida, sus cánticos ortodoxos… El guión, desde luego, es de sota, caballo y rey. Pero un buen ritmo y buenos medios en la realización salvan la cinta.

En los ratos muertos, pues, uno juega a adivinar si esto es Valsaín o Marugán, si aquello de allá el fondo no será el Matabueyes, y a ver si con un poco de suerte no asoma Palazuelos. ¿No es este el hijo de la tal? Pues se parece… Claro que este ejercicio localista dificulta un poco meterse en el contexto. Dicen que es Armenia, pero este río es de fijo el Eresma. En definitiva, una buena película que añadir al ya denso curriculum de Segovia como plató de meritorias producciones. Además, en el dudoso caso de que se obtengan beneficios, el magnánimo Kerkorian dejó dicho que se invirtieran en buenas obras. Eso sí, ni un duro para Erdogan.

Un grupo de figurantes durante un descanso del rodaje, en el Caserío de Párraces (Marugán).

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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