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Cartelera Segovia: Los archivos del Pentágono

Los archivos del Pentágono es un Spielberg menor, en la onda del cine historicista en el que parece haberse especializado últimamente el cineasta y productor más espectacular y taquillero de la historia del cine. Bueno, maticemos, en los últimos años Steven Spielberg alterna la dirección del cine fantástico con el histórico. Así, este año tocaba The Post y la esperada película de ciencia ficción Ready, Player, One (todo un trepidante homenaje a las “arcades” ochenteras).

Pero estamos en The Post (título americano del film) y ya he empezado advirtiendo que es una película menor. Menor en el sentido de que no es tan desopilante como El puente de los espías en lo tocante a detallismo, presupuesto, reproducción a lo bestia de un tiempo y de una época (que es lo que más me gusta y algo que Spielberg domina magistralmente). En comparación Los papeles del Pentágono tiene casi una producción “intimista”, se diría que es un Spielberg barato (que siendo barato vendrá a costar varias veces la película más cara del cine español). Sin la profusión habitual de planazos colosales ni el gusto por los detalles de El puente. Aquí todo son interiores, habitaciones, salas de redacción, donde el peso de la cinta recae en la interpretación del dúo -bárbaro para variar- Streep-Hanks. Hay, eso sí, ese regusto retro tan característico de Spielberg, patente en la plasmación del linotipado de un diario pre-off set. Uno casi lloraba de melancolía viendo cómo es un proceso que los periodistas en activo conocemos de los recuerdos de los veteranos.  Y demasiado poco que me pareció. Si por mi fuera, le hubiera dedicado media hora al tema, en lugar de los tres o cuatro antológicos planos donde Spielberg se recrea en esta artesanía perdida.

Pero la película va de otra cosa. En concreto de dos temas. Uno: poder y prensa. Dos: feminismo e igualdad de género. Estamos en 1971, en el golpetazo mediático que contribuyó al final de la intervención militar americana en Indochina.  El pullazo lo puso el New York Times, al publicar un informe confidencial de Robert McNamara (y para quienes no conozcan a esta figura crucial del siglo XX dejo aquí el enlace a la Wikipedia). En resumidas cuentas, 47 tomos de  informes confidenciales militares sobre Vietnam, con montajes como la bahía de Tonkin, operaciones opacas de desestabilización en la zona, tongos electorales, en resumidas cuentas, todo lo que las administraciones desde Eisenhower a Nixon decían que no era verdad pero lo era.

Invocando la seguridad nacional, Nixon decide  prohibir al Times seguir con el hilo. Es entonces que, desde la competencia, la editora del Washington Post, Katherine Graham (Meryl Streep), primera mujer editora de una gran cabecera, y el director, Ben Bradlee (Tom Hanks), tras hacerse con una copia de los secretos militares, desafían al Gobierno y prosiguen con la publicación. No van a dejar que el gobierno se salte la primera enmienda, la que sacraliza la ibertad de prensa.

Una batalla épica, ética y jurídica que se resume en la frase final, creo que de Georges Washington, según la cual la prensa está al servicio de los gobernados y no de los gobernantes. Con las consecuentes reflexiones. ¿Para quién trabajamos los periódicos? De respuesta fácil pero difícil en unos tiempos en que, siendo cierto que nuestro mercado es la gente, no lo es menos que nuestros principales clientes son las administraciones y las grandes corporaciones. Y ahí lo dejo.

Hasta ahí, The post sigue el camino del cine progresista americano de periodistas. De cómo los gallardos periodistas luchan con encono contra el poder para publicar La Verdad, así en mayúsculas. Relato que, siendo aleccionador y virtuoso, me cansa un poco por simplón. Habría mucho qué decir sobre la prensa

El segundo relato, el feminismo, me llama más la atención. El cine de Spielberg suele ser bastante sensible a la causa de la igualdad de la mujer. En general los héroes espilberianos son seres frágiles, no machotes testosterónicos, incluso en extremos como la serie Indiana Jones, el héroe tiene su contrapunto en alguna mujer de armas tomar. Ahora bien, salvo en El color púrpura, el héroe espilberaniano es siempre un varón. Y esto es así.

Aquí el protagonismo es de la señora Graham (aunque muy compartido con el director Bradlee), como podrán imaginar, impecablemente interpretada por Meryl Streep, de la que pienso que es tan buena actriz que si le encargaran interpretar a mi madre lo haría haría mejor que mi mismísima mamá. Y Graham no es una señora cualquiera, es una rareza del stablishment moviéndose en un incómodo mundo de hombres, de miradas de paternal condescendencia en el mejor de los casos, de despectiva superioridad, las más de las veces. No es un Tarzán con pinta de mujer. Qué va. La pobre lo pasa fatal ante un consejo de administración formado por panzones sexagenarios y trepas sin escrúpulos. Es una mujer en un masculino mundo con inercias automatizadas para mantener a la mujer lo más lejos posible del meollo. Por mujer. Por puro control del poder. No hay sitio para el 50% de la especie en las confortables estancias donde la cúpula maneja el cotarro.

La grandeza de Spielberg es que de todo este background subyacente no hay ni media palabra. El director deja que las situaciones hablen por sí solas. Como cuando Graham atraviesa turbada un pelotón de dóciles secretarias que esperan libreta en mano en el vestíbulo del despacho a que “sus amos” las requieran. Impresionante. O cuando en pleno consejo los hombres apabullan a la editora y esta es consciente de que poco puede hacer: no es su mundo, está jugando con reglas hechas a propósito contra ella. De ahí el plano final. Mientras la prensa rodea al triunfal editor del New York Times, Graham es el objetivo de las miradas de jóvenes muchachas que ven en la editora la luz al final del túnel. El referente.

Da la impresión que con estos tres planos Spielberg ha hecho más por emerger la problemática del género que mil panfletos de cháchara grandilocuente, del compañeros y compañeras, shibolets  y demás mierdeces. Da la impresión de que paradójicamente hasta el mainstream gran factor de modelos femeninos cosificados, ha asumido el discurso de la igualdad como pilar fundamental de toda ética. Eso en plena efervescencia de esta causa general del Me too. ¿Será una moda pasajera o el feminismo ha venido para quedarse (que buena falta hace)? Me da que lo segundo.

 

 

 

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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