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Apología del alero

Me propongo ser un jubilado implacable. De los que le cuentan a la parienta que se va a por el pan y se plantan en las obras de la Cuesta de San Juan para no dejar títere con cabeza.  Que si con la 3/40 no se va a ningún sitio y donde esté la 20/20 que se quite lo demás… Que el encintado perimetral con mamposta carga la cincha y amenaza la consolidación previa (esto último no me lo invento, que venía en una nota de prensa de la Junta, para que luego digan que periodismo es carrera de tontos). En este plan.

Aún me queda para la jubilación, pero sé que para “jubilado implacable” no todos valen, que hay competencia. Así que hay que formarse. De modo que de un tiempo a esta parte obra pública que recorro, obra que escruto con cara de tío preparado. Atento a voladizos y esquinazos. En un momento dado, me pongo serio y doy unos toques de nudillo en la pared. Paloma Maroto me empieza a mirar con cara de preocupación; quién sabe, a lo mejor en la próxima visita de obras me saco una cinta métrica y le pido el libro de calidades con el lápiz del Ikea prendido del pliegue de la oreja.

Antes y después. Arriba, aspecto de la fachada en noviembre de 2018, Inauguración del equipamiento en julio de 2018. Ya para entonces se asomaba alguna mancha.

Así con esta mentalidad me fui el pasado julio a la inauguración del centro municipal de Robledo. Una de esas obras que, a ritmo de Sagrada Familia, construyen los pueblos a trancas y barrancas. Ya para entonces llamaba la atención dos cosas. Una, ciertas incipientes manchillas de humedad en la resplandeciente fachada. Dos, que el edificio está hecho a la moderna, sin alero, ni saliente, ni mandangas. A capón termina el tejado. A sangre, que se dice en artes gráficas (y no por nada).

Total, que me voy donde el alcalde y tras dar los parabienes le entro en la cuestión. ¿Esto de que no tenga alero no va a traer problemas? Jesús Nieto, el alcalde, con cara más agria de la habitual y escasa convicción me espetó que no, que el arquitecto le había asegurado esto, que le había asegurado lo otro.  Nieto, date por jodido -pensé-; “el arquitecto le dijo que…” suele ser un socorrido comienzo de las crónicas de sucesos. Pero uno es buena gente y tampoco quería chafarle al alcalde su día de gozo.

Tres meses después, claro, el edificio municipal parece un internado de tiñosos. Como si hubieran organizado un concurso de estampar platos de macarrones con chorizo contra la fachada. No vale ni para ilustrar el prospecto electoral de las próximas elecciones (no siendo que tiremos de photoshop). Consta que el arquitecto municipal de Palazuelos está ultimando el preceptivo informe para exigir a la constructora que subsane el deterioro. Y que algo se hará al respecto. De otro modo, preveo que por Robledo van a empezar a proliferar pasquines pegados a las farolas con la cara de alguno y la leyenda “Wanted” en letras de egipcíacas, de esas de molde.

No hace falta estudiar siete años de carrera para percatarse de la importancia del alero y los canalones. Segovia no es Noruega pero la lluvia no es un fenómeno paranormal. Así que cuando llueve el agua se lleva del techo las cagarrutas de nuestra amada avifauna, el polvo, e inmundicias que el tiempo trae, y siguiendo su inclinación natural por las bajantes, y en ausencia de los antedichos elementos, termina por estampar la fachada con chorretones. Algo que tengo estudiado desde hace años. Sin ir más lejos, mi vecino se hizo la casa con un alero tipo tanga fiado a la robustez del enfoscado monocapa y… cagada al canto. De primero de jubilado, vamos…

Así las cosas uno se pregunta que cúmulo de extraordinarias coincidencias impulsó al arquitecto a prescindir del alero. Una explicación es que el hombre o mujer se inserta en la acreditada tradición arquitectónica de la escuela del desierto de Almería, donde un poco de humedad en la fachada va hasta bien para refrescar (digo yo). Tal vez sea cosa personal y un alero del Unicaja le rompió el corazón. O que el tipo estaba tan orgulloso del diseño que optó por suprimir alerones y cañerías para mejor observancia de su obra (si es así, hay que decir que es un arquitecto con un ego discutible, tampoco el equipamiento de Robledo es la Casa de la Cascada, no parece, vaya).

Entiendo que es por ahorrar. Quitas el alero y te ahorras unos cuantos metros cuadrados de tejado. Luego miras por Youtube “como meter enfoscado antihumedades en mi nave de cerdos” y adjuntas en la memoria: “impregnar con cemento hidrorrepelente CR56/30B”. A partir de ahí, ya es cosa del tradicional bucle: es que quedamos con el aparejador de que… el constructor que si a él como si le mandan meter pan de oro, pero hay que pagarlo; y el seguro haciendo el longuis con la conocida distinción entre incidencia meterológica materialiter trascendente, respecto a la mera contingencia formaliter inmanente intencional, siguiendo la clásica definición de la fenomenología de Husserl.

Disgustos que si es usted alcalde se podrá evitar en lo sucesivo mirando fijamente a los ojos del arquitecto y advirtiendo con voz cavernosa que “o me pones un alero como Dios manda o te paseo por la cacera panza abajo”.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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2 Comentario

  1. A sangre y agua 😉

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  2. El problema es que en las escuelas de arquitectura se persigue a todo aquel que se le ocurra poner aleros en sus proyectos. En todo caso, es posible hacer construcciones sin alero, pero la técnica constructiva y materiales hay que seleccionarlos bien para que no aparezcan esas manchas. Además, de tener en cuenta que tienen mantenimiento.

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