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1957: La sangrienta fuga del castillo de Cuéllar

En plena posguerra, el castillo de Cuéllar era sinónimo de destino truculento. Era un sanatorio penal para reclusos enfermos, con especial relevancia de la turbeculosis. El blog del archivo de la casa ducal de Alburquerque publica un artículo de investigación del historiador Juan Carlos Llorente en el que documenta el suceso más conocido de esa negra etapa del castillo; la fuga de cinco reclusos el 17 de febrero de 1957, bajo una tormenta de nieve. Dos de ellos fueron abatidos por un Guardia Civil que vigilaba el penal, otros dos terminaron detenidos en las proximidades de Barcelona. Solo escapó uno, que logró pasar a Francia y desde Radio Pirenaica emitir un sarcástico saludo.

El trabajo de Llorente recorre la hemeroteca y en especial la de los dos medios que con más intensidad informaron del caso. No puede faltar El Caso, así como su competencia, El Farol, que abrió la edición semanal con el castillo de portada.

Era domingo y según El Farol «hacía un frío cruel», que tratándose de Cuéllar, ya es… Lluvia, nieve y ventisca, un día de perros. El perímetro del castillo estaba iluminado con bombillas sujetas a postes, pero las más de ellos fundidas. Sin embargo, un ruido a 50 metros de la garita alerto al agente Marciano García, de centinela ese día. Salió de la garita y detectó bultos deslizándose en la oscuridad. Tras la dar la voz de «alto» los «bultos» echaron a correr. Marciano disparó. «Vio caer a dos de los hombres. Cuando estaban en el suelo, aún les hizo algunos disparos más para asegurarse de que no era víctima de una añagaza. Disparó doce tiros en total de los cuales casi todos se incrustaron en los cuerpos de los dos fugitivos», escribe el semanario.

Los dos cadáveres correspondían a «Julián Emiliano Núñez Gil, natural de la provincia de Badajoz, de cuarenta y cuatro años de edad, que cumplía condena a perpetuidad por diversos delitos de robo», lugarteniente del otro muerto y «cerebro de la fuga», Francisco Biendicho Prats, natural de Zaragoza, de treinta y siete años de edad,»profesional del robo, era un sujeto muy peligroso y fuguista habitual» y gravemente enfermo. Enfermedad que no le privó de descolgarse de las altas murallas del castillo usando una cuerda formada por ocho semanas.

Fuga del Castillo

La noticia en El Caso. Foto de Archivo de la Casa Ducal de Alburquerque. Hemeroteca de Francisco Alonso Lozano.

Era una fuga bien pensada. Muchos días antes, en el pabellón 9, ubicado en el segundo piso del torreón del ala norte y con 25 camas de reclusos convalecientes, Biendicho y sus cómplices practicaron un boquete de 40 centímetros en el zócalo. De allí pasaron a un rincón perdido de la fortaleza. Durante quince días estuvieron picando en la piedra de la muralla para excavar un hueco en el metro de grosor de la pared exterior. «Dicha operación la realizaron con mil precauciones, valiéndose de herramientas muy elementales construidas por ellos mismos, tales como una especie de punzón largo, un candil confeccionado con parte de un bote, un trozo de hierro y una rasqueta formada por un trozo de madera, a guisa de un mango y un clavo«, describe El Farol. Durante todo este tiempo se tapaba agujero del zócalo con un cartón del mismo color, lo que evidencia que era una fuga masiva, prevista para al menos 20 reclusos. Solo cinco lograron llegar al exterior, de los que dos resultaron abatidos.

Quedaban tres.  Joaquín Aguilar Gil, de Alcalá de Guadaíra (Sevilla), de veintiocho años de edad; Diego Martínez Vázquez, de Cartagena, de treinta y cuatro años, y Emilio Moya Álvarez, de treinta y siete años, domiciliado en Valladolid. El más peligroso, Aguilar, condenado a muerte, luego conmutado por cadena perpetua. Él y su compañero Martínez fueron detenidos en Masnou el 5 de abril, tras completar un tortuoso itinerario, es de suponer que a pie, que les llevó a Valladolid, Burgos, La Rioja, y cruzando el Valle del Ebro, hasta Mora de Ebro. Allí se colaron en un mercancías que les dejaría en Masnou, en las proximidades de Barcelona, donde según El Caso y El Farol tenían cómplices que les habían de ayudar a pasar a Francia. Fueron detenidos de noche, mientras caminaban siguiendo la vía del tren. En el momento de su detención llevaban una pistola sin munición y un hacha y no ofrecieron resistencia.

El «Cuchillos» saluda desde Radio Pirenaica

Quedaba uno, Emilio Moya, del que Llorente explica «del que siempre se ha dijo que era apodado «el Cuchillos» y que al parecer dedicó un disco desde Radio Pirenaica, al Director y demás funcionarios del penal», escribe.

El artículo trae a colación el testimonio de algunos vecinos de la Villa que recuerdan los tristes días del castillo devenido penal. Durante la Guerra Civil acogió a soldados italianos y entrada la contienda empezó a dar uso de prisión para soldados de la República presos y posteriormente como sanatorio penitenciario.

Según los testimonios, las evasiones no eran raras y Llorente consigna un buen puñada, entre ellas la de dos desdichados que se ocultaron tras un carro en la calle Pelota. A la inseguridad que producía el trasiego de delincuentes se sumaba el miedo al contagio a la tuberculosis, enfermedad que hacía estragos en la época. Es así que ya a finales de los 50 las autoridades locales inician una campaña para cerrar el penal y su conversión en un parador.

Vale la pena leer el artículo completo, y en especial los reportajes de El Caso y El Farol, narrados con ese peculiar casticismo de la prensa de sucesos de la época cargada de frases manidas y anécdotas increíbles.

Artículo completo

Author: Redacción

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1 Comment

  1. Hice una visita Cuellar, guiada y explicada por D.Juan Carlos Llorente, y pronto saqué la conclusión de que estaba ante una persona muy interesante, con amplios y sólidos conocimientos de historia y arte. Mi enhorabuena por su trabajo y dedicación.

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